A nuestra Iglesia se la conoce leyendo.

Tengo un amigo cura al que respeto mucho. Tiene la bondad de ponerse a explicarle a una analfabeta espiritual como yo todo lo que no entiendo sobre la fe. Y como tiene corazón generoso, y ha probado lo bueno, se ha empeñado en que yo lo pruebe también. Y todos, si por él fuera. Porque es muy bueno lo que aconseja. Nada menos que a ¡Ratzinger!. Y tanto se ha encaprichado que lo ha logrado. Y que bien me hace. Cuando hablan los que saben quedamos absortos en la belleza de lo que está inspirado por Dios mismo y su Santo Espíritu.

Me he puesto a pensar en lo poco que leemos los laicos. El Evangelio del día es de rigor, aunque no todos lo hacemos. Algún buen libro de meditaciones diarias que nos ayudan a ponernos un poco en la órbita de Dios. Y no nos tomamos el tiempo ni el esfuerzo por ir un poquito más allá de vez en cuando. Yo lo aconsejo, porque enriquece mucho. Endereza el pensamiento y alimenta el alma.

Conocer lo que dicen nuestros padres nos hace fuertes. El mundo anda muy revuelto. Y sus palabras nos dan una estructura para tener un discernimiento más claro frente a las decisiones que tenemos que tomar en la vida. No solo las grandes, tambien las pequeñas decisiones cotidianas. El enemigo también entra sutilmente, por lo pequeño. Pero cuando Dios no es solo alguien en quien creemos, cuando se convierte en el ‘equipo’ en el cual jugamos el partido, debemos aprender a reconocer la voz del Capitán del equipo, y saber bien las reglas que nos guían.

Muchos hemos hecho nuestra catequesis parroquial a los ocho o nueve años. La vida ha pasado, y mucho, o casi todo de lo aprendido ha quedado en el olvido. Recordemos que en ese arcón de los recuerdos se halla la Vida misma. No es algo en lo que podamos ser descuidados, ni de lo que podamos prescindir.

En la medida de lo posible es necesario reavivar nuestra fe, y refrescar estas Verdades.  A la Iglesia se la aprende leyendo. Hay que animarse a entender, no tenerle miedo a nuestros padres eclesiales, que lo que dicen es porque el Espíritu Santo se los ha mandado para nosotros. Y el mismo Espíritu es quien nos abre a recibir lo que ellos nos transmiten por mandato de Dios.

Yo me imagino que los Ángeles Custodios deben trabajar un poco así como mi amigo y su empeño. Por allí le he llamado capricho, por decirle de algun modo a esa insistencia tan rotunda porque probemos lo bueno. Creo que esta vez han delegado la tarea en el amigo que tengo dicho. Y le doy las gracias.

Por cierto, aqui les dejo, de su autoría, sobre la Devoción a María:

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Elisa Shejtman

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