Mayo, una oracion a María cada dia. 03/05

Hoy ofreceremos a María una bellísima y muy antigua oración. Aunque su autor es desconocido, se le atribuye a San Bernardo de Claraval.

ACORDAOS

Acordaos, OH piadosa
Virgen María, que jamás se ha
oído decir que ninguno de los
que han acudido a Ti,
implorado tu asistencia
y reclamado tu socorro,
haya sido abandonado de Ti.
Animado con esta confianza,
a Ti también acudo,
OH Virgen Madre de las vírgenes,
y aunque gimiendo
bajo el peso de mis pecados,
me atrevo a comparecer
ante tu presencia soberana.
No desechéis, OH Madre de Dios,
mis humildes súplicas;
antes bien, escuchadlas y
atendedlas favorablemente.

Así sea

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¡Acordaos!:
Le hacemos a nuestra Madre un reclamo, y ya podremos imaginar como responde: ¿Que me acuerde, hijo mío? ¿Tú vas a recordarme a Mí algún asunto tuyo? ¿Puede olvidarse una madre del hijo de sus entrañas? Pues mira, aunque alguna se olvidara, yo jamás me olvidaré de ti.
Pero Ella no desdeña nuestros ingenuos modos. Sabe que somos como niños en la vida espiritual, y los niños son olvidadizos. Sabe que nos conviene recordar que Ella no olvida, que es humanísima, la más humana de las criaturas. Por eso nos comprende bien. Percibe el calor de nuestra filiación sentida. Ve que nos comportamos con la naturaleza del hijo: ¡mamá, no te olvides de comprarme aquello…! Y la Madre sonríe y piensa: ¡qué sabes tú de la inmensidad de mi cariño!
Ciertamente, no sabemos bien las maravillas recatadas en el corazón de María. Pero nos bastan las de antiguo conocidas para enmudecer de asombro al mirarla: ¡Oh, cariñosísima Virgen María!

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Animado con esta confianza:
Por eso, yo, animado, alentado, confortado con esa confianza, con esa fe esperanzada, a tí acudo Madre, Virgen la más excelsa de las vírgenes; ad te venio, a ti vengo, sin perder un instante, corriendo, como un niño -lo que soy- a su madre, veloz en el peligro, en la necesidad, en el miedo o en la angustia, con segura certeza del «jamás» haberse oído contar excepción alguna a tus cuidados exquisitos sobre quienes admirados te invocan.
En tu misericordia inaudita no nos tratas como merecen nuestros pecados, negligencias u olvidos. Al contrario, cuando te invoca un pecador parece que le atiendes con particular solicitud. Para tí, «pecador» es como un título que demanda amor más grande. Por eso, coram te gemens peccator accedo, en el «Acordaos», de intento me presento como lo que soy: pecador, un pecador contrito, con un gemido de amor encendido en el dolor de haberte ofendido ofendiendo a Jesús, fruto bendito de tu vientre.
Acudo a tí sucio, roto, desastrado, sin ocultarte miseria alguna, cierto de que una madre atiende primero al hijo más necesitado. Y jamás se ha visto a un hijo tan sucio que no lo pueda limpiar una madre. Con esta firme confianza a ti acudo, a ti vengo. Vengo del lodo a la más pura nitidez; vengo de la miseria a la misericordia; de la indigencia al poder; de la fragilidad a la fortaleza; de la soberbia a la humildad; de la desgracia a la gracia en plenitud; de la ignorancia al Asiento de la Sabiduría.

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No desechéis, OH Madre de Dios:
Tú que eres la Madre del Verbo, porque el Espíritu Santo te cubrió con su sombra y el Verbo se hizo carne en tu seno Virginal; tú, en quien habitó corporalmente la Palabra subsistente, única, del Padre, en la que «se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» y es fuente y resumen de toda verdad ; tú, la criatura que más y mejor ha comprendido la palabra suprema; que eres el Asiento de la Sabiduría, ¿cómo no vas a comprender mis palabras, éstas que de algún modo proceden de la Palabra única, como fruto de la moción del Espíritu Santo, Espíritu de tu Hijo y Esposo tuyo? ¿Cómo no vas a escuchar mi verbo, Madre del Verbo? ¿Cómo no vas a poner toda tu sabiduría y omnipotencia suplicante al servicio de mi palabra llena de fe y de confianza, de esa sabiduría que en ti misma se aprende? ¡Oh, Madre de Dios, qué seguridad confiere esa oración de tan sabrosas remembranzas!
¡Acuérdate!, es un canto de confiado amor que quisiera vibrar en todos los corazones de la tierra. ¡Que todos se sientan seguros bajo tu amplísimo manto! ¡Que yo no pierda nunca esa confianza! ¡Que nadie la pierda! ¡que todo el mundo la gane! ¡que todo el mundo se acuerde de que jamás se ha oído decir y jamás se dirá que ninguno de los que a ti acuden haya sido abandonado! ¡que todos nos acordemos de recordártelo y te presentemos sin cesar humildes nuestras súplicas!

(Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/15554/acordaos.html)

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