Decenario al Espíritu Santo. Octavo día

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DIA OCTAVO

Acto de contrición

¡Oh Santo y Divino Espíritu!, bondad suma y caridad ardiente; que desde toda  la eternidad deseabas anhelantemente el que existieran seres a quienes Tú  pudieras comunicar tus felicidades y hermosuras, tus riquezas y tus glorias.  Ya lograste con el poder infinito que como Dios tienes, el criar estos seres para  Ti tan deseados.
¿Y cómo te han correspondido estas tus criaturas, a quienes tu infinita bondad  tanto quiso engrandecer, ensalzar y enriquecer? ¡Oh único bien mío!
Cuando por un momento abro mis oídos a escuchar a los  mortales, al punto vuelvo a cerrarlos, para no oír los clamores que contra Ti  lanzan tus criaturas: es un desahogo infernal que Satanás tiene contra Ti, y no es  causa por lograr el que los hombres Te odien y blasfemen, y dejen de alabarte y bendecirte, para con ello impedir el que se logre el fin para que fuimos criados.
¡Oh bondad infinita!, que no nos necesitáis para nada porque en Ti lo tienes todo: Tú eres la fuente y el manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad  y grandeza, de toda riqueza y hermosura, de todo poder y gloria; y nosotros,  tus criaturas, no somos ni podemos ser más de lo que Tú has querido hacernos;  ni podemos tener más de lo que Tú quieras darnos.  Tú eres, por esencia, la suma grandeza, y nosotros, pobres criaturas, tenemos  por esencia la misma nada.  Si Tú, Dios nuestro, nos dejaras, al punto moriríamos, porque no podemos tener  vida sino en Ti.
¡Oh grandeza suma!, y que siendo quien eres ¡nos ames tanto como nos amas y  que seas correspondido con tanta ingratitud!  ¡Oh quien me diera que de pena, de sentimiento y de dolor se me partiera el corazón en mil pedazos! ¡O que de un encendido amor que Te tuviera, exhalara  mi corazón el último suspiro para que el amor que Te tuviera fuera la única  causa de mi muerte!
Dame, Señor, este amor, que deseo tener y no tengo. Os le pido por quien sois,  Dios infinito en bondades.  Dame también tu gracia y tu luz divina para con ella conocerte a Ti y  conocerme a mí y conociéndome Te sirva y Te ame hasta el último instante de  mi vida y continúe después amándote por los siglos sin fin. Amén.

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Oración para todos los días
Señor mío, único Dios verdadero, que tienes toda la alabanza, honra y gloria  que como Dios te mereces en tus Tres Divinas Personas; que ninguna de ellas  tuvo principio ni existió una después que la otra, porque las Tres son la sola  Esencia Divina: que las tiene propiamente en sí tu naturaleza y son las que a tu  grandeza y señoría Te dan la honra, la gloria, el honor, la alabanza, que como
Dios Te mereces, porque fuera de Ti no hay honra ni gloria digna de Ti. ¡Grandeza suma! Dime, ¿por qué permites que no sean conocidas igualmente de tus fieles las Tres Divinas Personas que en Ti existen? Es conocida la persona del Padre; es conocida la Persona del Hijo; sólo es desconocida la tercera Persona, que es el Espíritu Santo.
¡Oh Divina Esencia! Nos diste quien nos criara y redimiera y lo hiciste sin tasa y sin medida. Danos con esta abundancia quien nos santifique y a Ti nos lleve. Danos tu Divino Espíritu que concluya la obra que empezó el Padre y continuó el Hijo. Pues el destinado por Ti para concluirla y rematarla es tu Santo y Divino Espíritu.
Envíale nuevamente al mundo, que el mundo no le conoce, y sin El bien sabéis Vos, mi Dios y mi todo, que no podemos lograr tu posesión; poseer por amar en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad. Así sea.
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Consideración

La gran batalla que Satanás prepara para el alma, cuando la ve que persevera en su camino comenzado. Sufrimiento del alma en la batalla; el gran contento que damos a Dios con ella y lo que nos dan por haber peleado, no merecido, sino dado por el amor que nos tiene.

Cuando el alma se resuelve a no querer nada si no es el seguir a su amado Redentor, y poniendo en Él fija su mirada con el único fin de hacer por Él, si pudiera, lo que ve que ha hecho y sufrido por ella su adorable Redentor, enfurecido Satanás, prepara una gran batalla y a ella trae todo su ejército infernal.
Pues, ¿qué quiere?, ¿qué busca?, ¿qué pretende conseguir de nosotros Satanás que trae consigo todos sus moradores?
Según enseñanzas de nuestro inolvidable Maestro, se propone arrancar de nosotros las tres virtudes teologales. Pero donde va directamente a poner el blanco es en la fe, porque conseguida ésta, fácil cosa le es conseguir las otras dos; porque la fe es como el fundamento donde se levanta todo el edificio espiritual, que es lo que él quiere y desea y pretende destruir.
Dios entonces calla; no le impide su intento, antes prepara los caminos para que sea más ruda la batalla.
Y también Dios tiene en ello sus fines porque el prepararle los caminos es para dejarle en la batalla confundido, burlado y derrotarlo con la más completa derrota, y salgamos nosotros vencedores de esta batalla y quedemos invencibles en lo por venir.
Cuando Satanás ya se acerca a la pelea, lo primero que echamos de menos es la luz clara y hermosa que nos había Dios dado, para con ella conocer la verdad.
La escuela se cierra; la memoria y la razón, por la fuerza del dolor y sentimiento que el alma tiene, parece que se ha perdido.
¡Pobre alma! Quiere buscar a su Dios, y no sabe. Le quiere llamar, y no puede articular palabra. Todo se le ha olvidado; con tan profunda pena, se siente sola, sin compañía ninguna.
¿A qué compararé yo este estado? Nada hallo, si no es a esas noches de verano, en que se levantan de repente esos nublados tan fuertes y horribles, que por su oscuridad tenebrosa nada se ve, sino relámpagos que asustan, truenos que dejan a uno temblando, aires huracanados, que recuerdan la justicia de Dios al fin del mundo, el granizo y piedra, que parece que todo lo va a destruir.
No hallo cosa a qué poderlo comparar: sola, sin su Dios, siente venir a ella como un ejército furioso, que la gritan que está engañada, que no hay Dios, y la cercenan por todas partes, llenos de retórica que la dan conferencias, sin ella quererlo, pero no la dejan un punto, y con razonamientos tan fuertes y violentos, que a la fuerza la quieren hacer creer que no hay Dios, y con horribles bocachadas, que no hay el tal Dios a quien ella busca, y como con poder sobre las potencias para no poder ni discurrir ni creer otra cosa si no es aquello que a la fuerza y más que a la fuerza quieren hacer entender y creer a uno que nada más se crea lo que ellos dicen, y a ninguna otra cosa más se crea.
Allí está el alma toda oprimida con la más profunda pena, porque no sabe qué hizo para perder tan pronto a su Dios y la fe que en Él tenía; pues se ve entre tales consejeros por todos tan angustiada, que siente tienen su alma oprimida como uvas en el lagar; así, para no dejar en ella ni rastro alguno de fe.
Aquí enferma el alma de tanta pena, viendo que perdió a su Dios, y Le perdió para siempre por haber perdido la fe.
En esta tan inmensa y como infinita pena, allá a lo lejos y como una cosa que se soñó y que no se sabe que se ha soñado, se acuerda de la Iglesia y del amor que a ella debemos tener, y este recuerdo, como cuando a uno le ha faltado el conocimiento, y al volverle, quiere hablar y habla como entrecortadas palabras, así el alma sin voz, y tartamudeando, como que atinó a decir: me uno a las creencias todas de mi madre la Iglesia y no quiero creer ninguna cosa más.
Y sin poder decir más, ni hablar, ni entender, así pasé meses y meses hasta pasados dos años.
Tenía dieciocho años cuando esto pasó por mí, y cuando tanto yo sufría y lloraba sin consuelo la pérdida de mi fe, he aquí que amaneció para mí el día claro y hermoso.
Y así como yo, sin saber nada, en este estado vi que me metieron, también ahora vi y sentí que de él me sacaron. Y cuando yo tanto lloraba la pérdida de mi fe, me vi de ella hermosamente vestida.
Tanto, que por toto pasaría antes que perder la fe; y si por un imposible, hasta la cabeza de la Iglesia dijera que no había Dios, yo le diría: existe Dios, y en testimonio de mi creencia, despedácenme, pues hambre y sed tengo de verle.
¡Oh, lo que es Dios! ¡Oh, sapientísimo Maestro mío! ¿Por dónde me llevaste, para darme lo que me diste? Me desnudaste de la fe que yo tenía, para vestirme de una fe que nadie me podrá arrancar. ¡Oh Maestro mío, Maestro mío! Como eres, ¿quién te conocerá si Tú mismo no te das a conocer?
Admirable eres en tu modo de enseñar, y más admirable en tus enseñanzas; pero eres inmensamente más admirable, cuando al entrar en el combate y al empezar la batalla me dejas sola y Te ocultas y ocultándote me ayudas en la pelea, para que salga de allí con el más glorioso triunfo, dejando a Satanás vencido, humillado ante sus satélites y derrotado con humillante derrota.
Y yo salí de allí con tal fe, que nunca mayor tuve; y bien puedo decir con verdad: Maestro mío, que habiéndome Vos vestido de una fe, porque pasada esta tan cruel batalla, por ser con Satanás la pelea, me han dado a gustar, tener y sentir, poseer y gozar cuanto creí; por eso digo, que habiendo echado en mi alma hondas raíces la fe, que nadie me la podría arrancar, y habiéndome Vos vestido de tan brillante fe, vivo sin fe; porque ahora tengo ya en posesión lo que creía y esperaba.
De la esperanza, ¿qué diré?, ¿que la tengo o que no la tengo? Diré, que ya tengo en posesión y en alto grado más de lo que yo esperaba.
¿Y de la caridad? ¡Oh, se dilató mi corazón para amar! Ardía en deseos de amar, me dieron amor por amar; y este amor que me han dado, tal hambre de amor me da, que me excita el deseo de amar a Dios cuanto debo, y no le puedo saciar.
¡Oh Maestro mío, mi todo en todas las cosas, y mi todo en cada una de ellas! Date a conocer, pues que los hombres no Te conocen; date a conocer siquiera del pequeño número de almas que Te están consagradas. ¡Mira que éstas viven en la paz, tranquilidad y reposo que Tú buscas, para poner en ellas tu nido. Mansa, pura, casta y sencilla paloma: déjalas sentir el amoroso arrullo de tus castos amores, y de Ti quedarán prendidas y enamoradas para siempre. Acuérdate, bondad suma, que el Criador nos dio un corazón para amar y ser amados, y no hallan sino amores falsos, fingidos y rastreros. Demuéstrales este tu amor, puro, casto, desinteresado, fuerte, dulce, afable, consolador, constante, duradero, que se dilata más y más cada día, que ni la muerte les separa, pues pasa a los confines de la eternidad, y allí por aquellas eternidades se dilata, y dilatado, ama por los siglos sin fin, mientras dure tu existencia que pasa y traspasa las eternidades, porque las eternidades Tú las formaste, todas salieron de Ti, vida que siempre viviste en dilatados amores, y con ellos amáis a todos cuantos quieren ser de Ti amados. ¡Haz que entiendan esta verdad, dulce bien mío!
¡Saca a las inteligencias de tanta ignorancia e ilumínalas con tu luz clara y hermosa, y que vean con ello lo infinito y dilatado que es tu amor; haz también que no quieran ni busquen, ni deseen otro amor que el tuyo, y correspondan a tu amor! ¡Cielo de los mismos cielos! Tenga yo el consuelo de verte conocido y amado de todas tus criaturas.
¡Oh! ¡Qué será verte por los siglos sin fin, dilatar las venideras eternidades, para los que Te han buscado, servido y amado, y dilatarlos en dilatados amores, los más puros y deleitables, como son los que brotan de la pureza y santidad de Dios, Divina Esencia, de las divinas perfecciones que en Él están encerradas, y de ellas gustar, sin que nadie nos lo pueda impedir, ni estorbar, ni disminuir; antes bien, aumentar!
¡Oh! ¿Qué será este vivir? ¡Señor, aquí me tienes! Ya sabes lo que te quiero decir, y dame por ello, el que se cumplan en tus criaturas tus designios amorosos en el tiempo para que continuemos por los siglos sin fin. Así sea.

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Letanía del Espíritu Santo

Señor. Tened piedad de nosotros.
Jesucristo. Tened piedad de nosotros
Señor. Tened piedad de nosotros.
De todo regalo y comodidad. Libradnos Espíritu Santo.
De querer buscar o desear algo que no seáis Vos. Libradnos Espíritu Santo.
De todo lo que te desagrade. Libradnos Espíritu Santo.
De todo pecado e imperfección y de todo mal. Libradnos Espíritu Santo.
Padre amantísimo. Perdónanos.
Divino Verbo. Ten misericordia de nosotros.
Santo y Divino Espíritu. No nos dejes hasta ponernos en la posesión de la Divina Esencia, Cielo de los cielos.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Enviadnos al divino Consolador.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Llenadnos de los dones de vuestro espíritu.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo, haced que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu Santo.
Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarán la faz de la tierra.

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Obsequio al Espíritu Santo para este día octavo

La confianza en Dios

El obsequio que hemos de hacer este día al Espíritu Santo, es no desconfiar jamás de Dios, ni entregarnos al desaliento; porque es el camino trazado por Satanás para llevar las almas a la desesperación.
Nunca la deis entrada en vuestro corazón a la desconfianza y al desaliento; mirad a Judas en qué vino a parar por entregarse al desaliento. Y mirad a Pedro lo que fue por la confianza en Dios.
¿Por qué le llamó nuestro dulce Jesús a Judas, amigo, y a ninguno llamó con este nombre sino a él? Fue para alentarle a la confianza en Él.
¡Oh si Judas en aquel momento que el Señor le llamó amigo hubiese reconocido y llorado su pecado! ¿Creéis que Judas se hubiera desesperado y por lo tanto condenado? No.
Nuestro Maestro inolvidable, hablándonos de la grande falta que cometemos, cuando de Él desconfiamos, nos dice: que Judas, si hubiera ido a Jesucristo, confiando en Él que le perdonaría su pecado, no sólo le hubiese perdonado, sino que le hubiera tenido siempre como amigo y con obras le hubiera mostrado el título de amigo que le dio.
Pero Jesucristo solo no pudo salvarle; porque Dios que nos crió sin nosotros, nos dice ese sapientísimo Maestro que no nos salvará sin nosotros.
Y ésta es otra prueba más del amor que nos tiene, por habérnoslo así manifestado. Porque sabiendo Dios, como sabe, lo astuto que es Satanás y lo que trabaja para que de Dios desconfiemos y no acudamos a Él, así cuando pecamos y Le ofendemos, como cuando Le damos gusto y contento en todo, ¿qué es lo que quiere Dios que hagamos? Siempre ir a Él con la misma confianza.
Pues qué, ¿nos ama menos Dios que nos ama nuestra madre? Mirad: siempre nos mira Dios como niños; porque siempre en lo que a Él se refiere, como niños obramos.
Cuántas veces en nuestra niñez nos advertía nuestra madre: mira, no hagas tal cosa, que te vas a hacer daño; mira que te pego si haces tal cual cosa. ¿La hacíamos? Y al pie de la letra nos sucedía lo que nuestra madre nos había dicho.
Y ¿qué hacíamos? Pues gritar, y más gritar, llorar y decir: madre…, madre. Y si el daño que nos hicimos fue grave, ¡cuántos ayes dábamos a nuestra madre!, y no fiábamos ni de nosotros mismos, ni de nuestros amigos, ni de vecinos, ni de parientes, porque sabíamos que más que todos nos ama nuestra madre.
Así en lo espiritual. Aunque nos pegue y nosotros lo sepamos, clamamos por nuestra Madre. Y nuestra Madre, ¿qué hace entonces? Ni aun nos castiga. Porque viendo el grave daño que tenemos, pone sus ojos en curarnos y nada más. Y con título amoroso nos demuestra lo mucho que nos ama y lo que siente nuestro daño.
Pues si Judas, en lugar de desconfiar y entregarse al desaliento, como tierno niño que llama a su madre, hubiera llamado y pedido el perdón a Dios, Dios con entrañas que tiene más amorosas que las de una madre, le da su gracia, le ayuda con ella al arrepentimiento y dolor y todo quedaba remediado; Dios satisfecho y Judas en la amistad y gracia de Dios otra vez.
¡Oh, cuánto se apenó Jesucristo por no haber Judas observado esta conducta!
¡Pues no Le apenemos también nosotros! ¡No nos entreguemos a la desconfianza y desaliento! Llamémosle siempre que cometamos imperfecciones, faltas y aun pecados graves.
Que Él, con su gracia y con su ayuda, remedia todos nuestros males, y quedamos tan perfectamente curados, como si nada nos hubiera ocurrido. Y observando siempre esta conducta, seguros estamos de poseer a Dios por los siglos sin fin. Así sea.

PALOMA

Oración final para todos los días
Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.
¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla! ¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia! ¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres. Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar. ¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!
Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos! ¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!
¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería. Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!
¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres! Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.
¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor! ¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!
¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido! Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman! ¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido! ¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.
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