Meditaciones de los misterios del Santo Rosario, en citas del Papa Francisco. Segunda parte: Misterios Dolorosos

La Primera parte corresponde a los Misterios Gozosos, con los archivos para descargar en este enlace:

Misterios Gozosos


Meditaciones de los misterios del Santo Rosario, en palabras del Papa Francisco

Misterios dolorosos

PRIMER MISTERIO

“Agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní. (Homilía en el Huerto de los Olivos a consagrados, 26/05/2014)

“Salió… al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos” (Lc 22,39).

Cuando llegó la hora señalada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, Jesús se retiró aquí, a Getsemaní, a los pies del monte de los Olivos. Nos encontramos en este lugar santo, santificado por la oración de Jesús, por su angustia, por su sudor de sangre; santificado sobre todo por su “sí” a la voluntad de amor del Padre. Sentimos casi temor de acercarnos a los sentimientos que Jesús experimentó en aquella hora; entramos de puntillas en aquel espacio interior donde se decidió el drama del mundo.

En aquella hora, Jesús sintió la necesidad de rezar y de tener junto a sí a sus discípulos, a sus amigos, que lo habían seguido y habían compartido más de cerca su misión. Pero aquí, en Getsemaní, el seguimiento se hace difícil e incierto; se hace sentir la duda, el cansancio y el terror. En el frenético desarrollo de la pasión de Jesús, los discípulos tomarán diversas actitudes en relación a su Maestro: de acercamiento, de alejamiento, de incertidumbre.

(…)

Pero el Señor, en su gran bondad y en su infinita misericordia, nos toma siempre de la mano, para que no perezcamos en el mar de la aflicción. Él está siempre a nuestro lado, no nos deja nunca solos. Por tanto, no nos dejemos vencer por el miedo y la desesperanza, sino que con entusiasmo y confianza vayamos adelante en nuestro camino y en nuestra misión.

 


SEGUNDO MISTERIO

“La flagelación del Señor” (Homilía en Santa Marta, 03/06/2014)

“Y hoy, ¿cómo reza Jesús? Yo creo  que no habla demasiado con el Padre”: “No habla: ama. Pero hay una cosa que Jesús hace hoy: estoy seguro que lo hace. Él le hace ver al Padre sus llagas y Jesús, con sus llagas, reza por nosotros, como si dijera al Padre: “Pero, Padre, éste es el precio de éstos, ¿eh? Ayúdalos, protégelos. Son tus hijos que yo he salvado, con esto”. Al contrario no se comprende por qué Jesús, después de la resurrección, ha querido este cuerpo glorioso, bellísimo: no estaban los moretones, no estaban las heridas de la flagelación, todo bello… pero: estaban las llagas. Las cinco llagas. ¿Por qué Jesús ha querido llevarlas al cielo? ¿Por qué? Para rezar por nosotros. Para hacer ver al Padre el precio: “Éste es el precio, ahora no los dejes solos. Ayúdalos”.

“Jesús, reza por mí. Le hace ver al Padre tus llagas que son también las mías, son las llagas de mi pecado. Son las llagas de mi problema en este momento. Jesús intercesor, sólo hace ver al Padre sus llagas. Y esto sucede hoy, en este momento. Tomemos la palabra que Jesús dijo a Pedro: “Pedro, yo rezaré por ti para que tu fe no decaiga”.

“Estemos seguros que Él está haciendo esto por cada uno de nosotros”… “en esta oración de Jesús con sus llagas ante el Padre”.


TERCER MISTERIO

“La coronación de espinas” (Homilia Domingo de Ramos 2015)

En el centro de esta celebración, que se presenta tan festiva, está la palabra que hemos escuchado en el himno de la Carta a los Filipenses: «Se humilló a sí mismo» (2,8). La humillación de Jesús.

Esta palabra nos desvela el estilo de Dios y, en consecuencia, aquel que debe ser el del cristiano: la humildad. Un estilo que nunca dejará de sorprendernos y ponernos en crisis: nunca nos acostumbraremos a un Dios humilde.

Humillarse es ante todo el estilo de Dios: Dios se humilla para caminar con su pueblo, para soportar sus infidelidades. Esto se aprecia bien leyendo la historia del Éxodo: ¡Qué humillación para el Señor oír todas aquellas murmuraciones, aquellas quejas! Estaban dirigidas contra Moisés, pero, en el fondo, iban contra él, contra su Padre, que los había sacado de la esclavitud y los guiaba en el camino por el desierto hasta la tierra de la libertad.

En esta semana, la Semana Santa, que nos conduce a la Pascua, seguiremos este camino de la humillación de Jesús. Y sólo así será «santa» también para nosotros.

Veremos el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acabar con él. Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta monedas. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y ultrajado. Escucharemos cómo Pedro, la «roca» de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a él lo crucifiquen. Veremos cómo los soldados se burlarán de él, vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios.

 


CUARTO MISTERIO

“Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario” (VÍA CRUCIS CON LOS JÓVENES, Copacabana, Río de Janeiro. 26 de julio de 2013, JMJ)

Una antigua tradición de la Iglesia de Roma cuenta que el apóstol Pedro, saliendo de la ciudad para escapar de la persecución de Nerón, vio que Jesús caminaba en dirección contraria y enseguida le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?». La respuesta de Jesús fue: «Voy a Roma para ser crucificado de nuevo». En aquel momento, Pedro comprendió que tenía que seguir al Señor con valentía, hasta el final, pero entendió sobre todo que nunca estaba solo en el camino; con él estaba siempre aquel Jesús que lo había amado hasta morir. Miren, Jesús con su Cruz recorre nuestras calles y carga nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, también los más profundos. Con la Cruz, Jesús se une al silencio de las víctimas de la violencia, que ya no pueden gritar, sobre todo los inocentes y los indefensos; con la Cruz, Jesús se une a las familias que se encuentran en dificultad, y que lloran la trágica pérdida de sus hijos, como en el caso de los doscientos cuarenta y dos jóvenes víctimas del incendio en la ciudad de Santa María a principios de este año. Rezamos por ellos. Con la Cruz Jesús se une a todas las personas que sufren hambre, en un mundo que, por otro lado, se permite el lujo de tirar cada día toneladas de alimentos. Con la cruz, Jesús está junto a tantas madres y padres que sufren al ver a sus hijos víctimas de paraísos artificiales, como la droga. Con la Cruz, Jesús se une a quien es perseguido por su religión, por sus ideas, o simplemente por el color de su piel; en la Cruz, Jesús está junto a tantos jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas porque ven el egoísmo y corrupción, o que han perdido su fe en la Iglesia, e incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos y de los ministros del Evangelio. Cuánto hacen sufrir a Jesús nuestras incoherencias. En la Cruz de Cristo está el sufrimiento, el pecado del hombre, también el nuestro, y Él acoge todo con los brazos abiertos, carga sobre su espalda nuestras cruces y nos dice: ¡Ánimo! No la llevás vos solo. Yo la llevo con vos y yo he vencido a la muerte y he venido a darte esperanza, a darte vida (cf. Jn 3,16).


QUINTO MISTERIO

“Crucifixión y muerte de nuestro Señor Jesucristo” (Homilía en Santa Marta, 08/04/2014)

“El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para sobrevivir, para ser educados, para hacer la paz. Estas son consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona alzada sobre la Cruz, una persona que se anuló a sí misma para salvarnos; se hizo pecado. Y así como en el desierto se alzó el pecado, aquí se alzó a Dios, hecho hombre y hecho pecado por nosotros. Y todos nuestros pecados estaban allí. No se entiende el cristianismo sin entender esta humillación profunda del Hijo de Dios, que se humilló a sí mismo haciéndose siervo hasta la muerte y muerte de Cruz, para servir”.

Y por esto, el Apóstol Pablo, cuando habla de en que se gloría él, también lo podemos decir nosotros”, dice: “De nuestros pecados”. Nosotros, no tenemos más cosas de las que gloriarnos, esta es nuestra miseria. Pero, por parte de la misericordia de Dios, nosotros nos gloriamos en Cristo crucificado. Y por esto, no existe un cristianismo sin Cruz y no existe una Cruz sin Jesucristo. El corazón de la salvación de Dios, es su Hijo, que tomó sobre Él todos nuestros pecados, nuestras soberbias, nuestras seguridades, nuestras vanidades, nuestros deseos de volvernos como Dios.

 Por esto, un cristiano que no sabe gloriarse en Cristo crucificado no ha entendido lo que es ser cristiano. Nuestras plagas, las que deja el pecado en nosotros, solo se curan con las llagas del Señor, con las llagas de Dios hecho hombre, humillado, anulado. “Esto, es el misterio de la Cruz.

No es un adorno que nosotros debemos tener siempre en las iglesias, sobre el altar, allí. No es un símbolo que nos distingue de otros. La Cruz es el misterio, el misterio del amor de Dios, que se humilla a sí mismo, se hace ‘nada’, se hace pecado. ¿Dónde está tu pecado? ‘No sé, tengo tantos..’. No tu pecado está allí, en la Cruz. Ve a buscarlo allí, en las llagas del Señor y tu pecado será curado, tus llagas serán curadas, tu pecado será perdonado. El perdón que nos da Dios no es eliminar una cuenta pendiente que tenemos con Él: el perdón que nos da Dios son las llagas de su Hijo sobre la Cruz, alzado sobre la Cruz. Que Él nos atraiga hacia sí y que nosotros nos dejemos curar”.


Continuará…


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3 pensamientos en “Meditaciones de los misterios del Santo Rosario, en citas del Papa Francisco. Segunda parte: Misterios Dolorosos

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