¿Le digo a mi padre que se está muriendo?

Qué difícil es cuando sabemos que lo que vamos a hacer es lo correcto, pero que duele tanto.

Llevábamos casi una semana de hospitalización. No sé cuantos estudios le hicieron. Pero como sufrió, pobre padre mio, esos dias tan eternos que pasamos en el hospital. Aún a sus 76 años era un hombre muy fuerte. A pesar de la diabetes y de su ceguera consecuente de la misma enfermedad que padecía, en ningún momento dio señales de cáncer. Hasta que finalmente vino la tomografía. Tumor primario en el riñón, con metástasis en hígado, pulmón y próstata. Un balde de agua helada… Sabíamos que algo definitivamente no andaba bien, pero no esperábamos eso. Él no había dado señal de tanto. El oncólogo dio inmediatamente su veredicto. “Ni siquiera lo toco. Tratamiento paliativo. No hay nada que hacer…”

La primera reacción es hablar en secreto, murmurando la palabrita en los pasillos, tratando de que no escuche nada. Inevitable, es algo instintivo. Y por supuesto lo supo toda la familia ni bien tuvimos los resultados. Él único que no lo sabía era él. Si le decía que se estaba muriendo, seguramente se iba a deprimir. Yo habia visto a mi padre ser tan valiente toda su vida… Me resistía a verlo entregado.

Pero los que tenemos la esperanza de la vida eterna sabemos que no es tan fácil como callarse y que se vaya de este mundo sin sacramentos. Había que decirle. Yo sabía en mi corazón que no debía ocultarle la verdad, ni mucho menos mentirle. Y tampoco quería, porque con él siempre tuve relación de honestidad por sobre todo.

Creo que el Señor me ayudó. No recuerdo muy bien como fue. Yo dije algo sobre tratamientos que ya no me acuerdo, pero camuflando la verdad tanto como podía. Y él, tan inteligente e intuitivo como siempre me dijo sin darme tiempo a nada: “pero qué, ¿me estoy muriendo?”

Tragué saliva como nunca. Y no lo dilaté más. Aunque no le dije la verdad enteramente : “y… esta vez está difícil papá”. Se quedó callado, mientras a mi se me partía el corazón. Creo que no pudo ser de mejor modo. Le dije sin decirle, comprendió el mensaje, pero a la vez conservó el espíritu de lucha hasta el final.

Unos días despues, ya en casa, hablé con mi director espiritual. Y me dijo algo que nunca me voy a olvidar, y que cada vez que puedo se lo digo a todos. Porque me abrió mucho los ojos y me parece de una importancia vital. Por eso es que estoy escribiendo esto.  Me dijo:

“El momento de la muerte es el más importante de nuestra vida. Es el momento en que sabemos que finalmente vamos a encontrarnos frente a Dios. Y tenemos que prepararnos. Vivimos la vida para llegar al fin a este momento. Por eso es que no hay que negarle a nadie esta verdad porque hay que darle la oportunidad de irse en condiciones. Porque sino lo privas a él de esta preparación que es importantísima. Una persona tiene que saber que se está muriendo para poder prepararse para este momento que es el más importante de nuestras vidas”. 

No fue muy largo. En un mes y medio, de durísima experiencia en mi pequeña casa, mi padre se dedicó a poner todo en orden. No solo lo económico. Llamó a todos los que quería y se despidió de ellos uno por uno, diciéndoles lo mucho que los quería y lo agradecido que estaba con ellos. Dio instrucciones precisas sobre todo lo que quería con respecto a nosotros, con respecto a sus bienes, a su entierro. Nada se le escapó.

El sacerdote vino a confesarlo, le dio la Unción de los enfermos con indulgencias plenarias. Y ni bien ido el cura, lo primero que dijo fue “bueno, ya estoy en paz con Dios y con la vida. Ahora sí, que me lleve cuando quiera. Ya estoy listo”.

Al día siguiente llegó la morfina. Y una semana despues, en medio de un sufrimiento tremendo, partía a la casa del Padre. Cuando se estaba yendo, mientras rezábamos en voz alta al lado suyo,  yo le decía “papá, no tengas miedo”. Y el me respondió “no no, no tengo miedo, solamente me duele”. Valiente, así era mi papá.

Murió en la madrugada del día de San Francisco de Asís. El rostro de terrible sufrimiento con el que dio su último suspiro, a medida que avanzaban las horas de velatorio pasó a ser de sonrisa y paz. Literalmente puedo decir que sonreía. Mi padre fue enterrado con un rostro de alegría suprema. Casi envidiable… No hace falta que explique ¿no?

Doy este testimonio con la esperanza que alcance a todos los que tienen a alguien en la misma condición, para que sepan la importancia de este momento, y de la importancia fundamental de que éste nos llegue con el alma en condiciones. Porque a quien vamos a ver es a Dios en persona. Hay que vestirse (revestirse) apropiadamente para el encuentro con el Rey de los Cielos, nuestro Creador.

En el día de los fieles difuntos, rezamos por todas las almas purgantes, y pedimos a nuestros seres queridos que ya están en la eternidad con Dios, que intercedan por nosotros para que este momento tan importante nos alcance a todos en la paz del Señor, como le tocó a mi papá.

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