En el nombre de la libertad… los “libertadores”.

Siempre fue así. Es difícil determinar quien acuñó el término en el sentido que hoy le brindamos “tan generosamente” a este término tan demasiado grande para ser definido por los hombres.

Pero siempre fue así. Siempre que el hombre, siempre que una persona con dotes de líder, con la salvedad de excepciones extraordinariamente honestas, o siempre que ideologías quisieron definir e imponer la libertad, sujetando su definición a sus propios pareceres, los pueblos terminaron -terminamos- en sangre, en muerte, en sometimiento, en prohibiciones a las libertades individuales.

Me viene a la mente la Revolución Francesa, “libertad, igualdad, fraternidad”. Uff… que mal terminó aquello… La revolución del comunismo, en busca de “equidades”. Tantos estallidos sociales sin ideologías, o con ideologías en construcción como las actuales. Todo termina en represiones, enfrentamientos y divisiones. Entiendo que todos estos estallidos tuvieron responsables de múltiples sectores. Personas sofocadas bajo el yugo económico de los poderosos, bajo el yugo de la indiferencia más radical, donde las mayorías muchas veces existieron, y existen, solo al servicio de que los poderosos vivan como viven.

Pero la libertad, ¿exige la imposición de una ideología? Puedo entender que exija enfrentamientos. Cuando alguien no escucha al que sufre, el que sufre llevado al límite grita. No debería ser así, los indiferentes no tendrían que ser tan cruelmente indiferentes. Pero así somos. Y alguien tiene que poner un límite.

Pero ¿hay derecho a que en el nombre de la libertad nos repriman lo que sentimos o lo que pensamos solo porque alguien cree que lo piensa en la soledad con su almohada es mejor?

Les digo lo que pienso. Occidente ha dejado de creer en la libertad. Estamos manejados por los intereses de personas que se valen de mentiras para alcanzar el poder. Y siguen haciendo estragos con los más vulnerables. Y combaten lo que les resulta un verdadero peligro: la libertad de espíritu.

Los poderosos tienen miedo de nuestra fe inquebrantable. Tienen miedo del Evangelio, que dice que sufrir, que morir en la cruz es ganancia. No pueden con Jesús. No pueden con la Palabra y eso los vuelve locos. Porque no pueden con el concepto de libertad de Jesús. Todas las ideologías que reprimieron en nombre de la libertad combatieron la Iglesia Católica. Por eso nuestra fe debe ser radical. Nuestra palabra tiene que ser la de Cristo. Y nuestra esperanza el cielo. Porque la verdadera libertad es Cristo.

Tuvo Dios que bajar a la tierra para darnos la definición real de libertad. Una libertad que nos permite ser libres aún en estado de esclavitud. Una libertad basada en la humildad y la mansedumbre, en el desapego, en la caridad y en la responsabilidad. Pero sobre todo en el amor. Amor libre de todo interés, libre del apego a las propias ideologías, libre de la esclavitud del dinero, libre de las posesiones o posiciones. Para definir la libertad es necesario primero comprender plenamente el concepto de Amor. Ese… es otro tema.

¡Cristo reina!

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