Triduo al Espíritu Santo. Preparación para Pentecostés. 4 de Junio.

Triduo al Espíritu Santo. Preparación para Pentecostés. 4 de Junio.

Este Jueves 1 de Junio iniciamos estos tres días de preparación para Pentecostés. Les dejamos el Triduo al Espíritu Santo para disponer nuestro corazón y todo nuestro ser, a la espera del fuego de Su Amor y de Sus preciosos dones. 

Al final de la página encontrarán, como siempre, el archivo para imprimir.


TRIDUO AL ESPÍRITU SANTO

06

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Oración de inicio:
CREDO
Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,espiritu-santo
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.

Oración preparatoria para todos los días:
Padre de bondad, que nos has llamado a participar de la vida divina y para ello nos has entregado la presencia del Espíritu Santo, fruto del Sacrificio de Cristo Redentor. Te suplicamos, Padre, que derrames en nuestros corazones, en forma abundante, la efusión de tu Divino Espíritu, para que seamos dóciles a sus divinas inspiraciones y nos dejemos transformar por su santificadora acción. Te lo pedimos, Padre, por el amor que le tienes a tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración de consagración al Espíritu Santo:
¡Oh Espíritu Santo! Recibe la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser. Dígnate ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida y en cada una de mis acciones: mi Director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza y el Amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reserva a tus operaciones divinas y quiero ser siempre dócil a tus inspiraciones.

¡Oh Espíritu Santo! Transfórmame con María y en María, en otro Cristo Jesús, para gloria del Padre y salvación del mundo. Amén.

DÍA PRIMERO

Padre de Bondad, que nos has concedido la gracia de ser templos vivos del Espíritu Santo. Otórganos el privilegio de valorar este insigne beneficio: experimentar en nosotros, tan fuertemente la presencia de este Divino Don, que impulsados por el fuego de la verdadera caridad, te sirvamos con este temor filial, que es delicadeza y correspondencia amorosa a todos tus beneficios. Te lo pedimos por Cristo, tu Hijo amado.

Padre nuestro, Ave María y Gloria…
Letanías al Espíritu Santo

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Padre celestial Ten piedad de nosotros.
Dios hijo, Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros.

Espíritu Santo que procedes del Padre y del Hijo ………Te alabamos y te bendecimos.
Espíritu del Señor, Dios de Israel.
Espíritu que posees todo poder.cruzful
Espíritu, fuente de todo bien.
Espíritu que embelleces los cielos.
Espíritu de sabiduría e inteligencia.
Espíritu de consejo.
Espíritu de fortaleza.
Espíritu de ciencia.
Espíritu de piedad.
Espíritu de temor del Señor.
Espíritu, inspirador de los santos.
Espíritu prometido y donado por el Padre.
Espíritu de gracia y de misericordia.
Espíritu suave y benigno.
Espíritu de salud y de gozo.
Espíritu de fe y de fervor.
Espíritu de paz.
Espíritu de consolación.
Espíritu de santificación.
Espíritu de bondad y benignidad.
Espíritu, suma de todas las gracias.

Cordero de Dios Que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

V. Envía tu Espíritu y todo será creado.
R. Y se renovará la faz de la tierra.

Oremos
¡Oh Dios!, que habéis instruido los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concedednos, según el mismo Espíritu, conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo, Señor nuestro. R. Amén.

Oración final para todos los días:
Padre de misericordia y de bondad, que nos has enviado al Espíritu Santo para que desde el fondo de nuestros corazones, eleve nuestra plegaria final hacia Ti, te pedimos que intensifiques en nosotros la devoción al Espíritu Santo, que seamos dóciles a sus divinas inspiraciones y a su prodigiosa acción. Te lo pedimos por el amor que le tienes a tu Cristo, el Ungido, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén



DÍA SEGUNDO

Padre de ternura y compasión, que sabes las dificultades en las que se realiza nuestra existencia, que conoces todos los peligros que nos asechan, que sabes lo que más nos conviene. Te pedimos envíes sobre nosotros la presencia de tu Santo Espíritu, de tal manera que no ejecutemos nada importante en nuestra vida, sin antes pedir su sapientísimo consejo. Que sea este Divino Espíritu el que nos guíe continuamente hacia Ti, inspirándonos y manifestándonos la forma de agradarte con mayor perfección. Te lo pedimos Padre, por el amor que le tienes a tu Hijo. Jesucristo Nuestro Señor. Amén

DÍA TERCERO

Padre de las Misericordias divinas. Incendia nuestras vidas con el fuego inextinguible de tu divina caridad: tu Espíritu Santo. Que sea Él quien calcine nuestros egoísmos, quien doblegue nuestra soberbia y orgullo, quien acalle nuestros vanos deseos, quien dulcifique las penas y aliente la virtud, quien penetre nuestros corazones y los pacifique con su presencia amable, que es espiritual unción. Todo esto te lo pedimos, Padre, por el amor que le tienes a tu Hijo, tu Unigénito que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


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Mayo, una oración a María cada día. 15/05

Mayo, una oración a María cada día. 15/05

En esta fiesta de Pentecostés no podemos sino dedicar a Nuestra Madre dos oraciones que muestran su unión al Espíritu Santo. Cuando el Espíritu de Dios llegó aquel día, ella ya era portadora del Espíritu Santo. Y así como oraba en Pentecostés por la venida de su Divino Esposo para la Iglesia recien nacida, así pediremos su intercesión para que venga a cada uno de nosotros:

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Presencia del Espirítu

Santa María,
Madre del Señor Jesús y nuestra,
obténnos la presencia vivificante
del Espíritu,
y la gracia de andar siempre
por los caminos de Dios;
por tu bondadosa intercesión
consigue que estemos libres:
de las tristezas presentes,
de las acechanzas del enemigo,
de las flaquezas en la lucha,
de la permisividad
con nuestras inconsistencias;
y para cuando seamos
convocados por el Padre
consigue para nosotros
las alegrías sin fin.
Amén.

De la página web del Ministerio de la Unción en Costa Rica

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Del Via Marialis, oración 13.

“Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos… Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban.Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse”. (Hch 1, 14 y 2,1-4)María de Pentecostés, Inmaculada del Espíritu Santo, Madre de la Oración. Ruega a Dios por nosotros para que el Espíritu renueve nuestros corazones y obtengamos la plenitud de sus gracias. Visitános Madre de Dios, tú que vienes con el viento del Espíritu. Amén.
Avemaría

Decenario al Espíritu Santo. Décimo día.

Decenario al Espíritu Santo. Décimo día.

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DÍA DÉCIMO

Acto de contrición

¡Oh Santo y Divino Espíritu!, bondad suma y caridad ardiente; que desde toda  la eternidad deseabas anhelantemente el que existieran seres a quienes Tú  pudieras comunicar tus felicidades y hermosuras, tus riquezas y tus glorias.  Ya lograste con el poder infinito que como Dios tienes, el criar estos seres para  Ti tan deseados.
¿Y cómo te han correspondido estas tus criaturas, a quienes tu infinita bondad  tanto quiso engrandecer, ensalzar y enriquecer? ¡Oh único bien mío!
Cuando por un momento abro mis oídos a escuchar a los  mortales, al punto vuelvo a cerrarlos, para no oír los clamores que contra Ti  lanzan tus criaturas: es un desahogo infernal que Satanás tiene contra Ti, y no es  causa por lograr el que los hombres Te odien y blasfemen, y dejen de alabarte y bendecirte, para con ello impedir el que se logre el fin para que fuimos criados.
¡Oh bondad infinita!, que no nos necesitáis para nada porque en Ti lo tienes todo: Tú eres la fuente y el manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad  y grandeza, de toda riqueza y hermosura, de todo poder y gloria; y nosotros,  tus criaturas, no somos ni podemos ser más de lo que Tú has querido hacernos;  ni podemos tener más de lo que Tú quieras darnos.  Tú eres, por esencia, la suma grandeza, y nosotros, pobres criaturas, tenemos  por esencia la misma nada.  Si Tú, Dios nuestro, nos dejaras, al punto moriríamos, porque no podemos tener  vida sino en Ti.
¡Oh grandeza suma!, y que siendo quien eres ¡nos ames tanto como nos amas y  que seas correspondido con tanta ingratitud!  ¡Oh quien me diera que de pena, de sentimiento y de dolor se me partiera el corazón en mil pedazos! ¡O que de un encendido amor que Te tuviera, exhalara  mi corazón el último suspiro para que el amor que Te tuviera fuera la única  causa de mi muerte!
Dame, Señor, este amor, que deseo tener y no tengo. Os le pido por quien sois,  Dios infinito en bondades.  Dame también tu gracia y tu luz divina para con ella conocerte a Ti y  conocerme a mí y conociéndome Te sirva y Te ame hasta el último instante de  mi vida y continúe después amándote por los siglos sin fin. Amén.

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Oración para todos los días
Señor mío, único Dios verdadero, que tienes toda la alabanza, honra y gloria  que como Dios te mereces en tus Tres Divinas Personas; que ninguna de ellas  tuvo principio ni existió una después que la otra, porque las Tres son la sola  Esencia Divina: que las tiene propiamente en sí tu naturaleza y son las que a tu  grandeza y señoría Te dan la honra, la gloria, el honor, la alabanza, que como
Dios Te mereces, porque fuera de Ti no hay honra ni gloria digna de Ti. ¡Grandeza suma! Dime, ¿por qué permites que no sean conocidas igualmente de tus fieles las Tres Divinas Personas que en Ti existen? Es conocida la persona del Padre; es conocida la Persona del Hijo; sólo es desconocida la tercera Persona, que es el Espíritu Santo.
¡Oh Divina Esencia! Nos diste quien nos criara y redimiera y lo hiciste sin tasa y sin medida. Danos con esta abundancia quien nos santifique y a Ti nos lleve. Danos tu Divino Espíritu que concluya la obra que empezó el Padre y continuó el Hijo. Pues el destinado por Ti para concluirla y rematarla es tu Santo y Divino Espíritu.
Envíale nuevamente al mundo, que el mundo no le conoce, y sin El bien sabéis Vos, mi Dios y mi todo, que no podemos lograr tu posesión; poseer por amar en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad. Así sea.
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Consideración

En entrando el alma en esta escuela divina, donde el Maestro que enseña es el Espíritu Santo, si el alma pone en práctica todo cuanto aquí la enseña, no es andar ni es correr ni volar; es ir camino de la santidad con la ligereza y prontitud con que va a todas partes nuestro pensamiento.

En esta escuela, abierta por el Espíritu Santo en el centro de nuestra alma, se aprende una ciencia sobre toda ciencia humana.
Los libros de esta escuela son dos: el primero que damos nosotros tiene dos partes.
Se llama este libro la humanidad de nuestro adorable Redentor. La primera parte toda ella contiene los hechos externos de Jesucristo, divino Redentor nuestro.
Esta primera parte de este libro se estudia hasta que con el continuado estudio queda en nuestra memoria como un dibujo, y esto es para que siempre y en todas partes andemos en su presencia, y con esto que logremos nos dice nuestros Maestro que nos basta.
La segunda parte de él contiene la práctica de su contenido. En la práctica cada uno lo ha de hacer según sus fuerzas y según su capacidad; porque en esta escuela, aunque todos hemos de practicar las mismas cosas, como nuestro Maestro es tan prudente y discreto, tan compasivo y misericordioso, que nunca nos exige más de lo que cada uno puede, quiere que pongamos los ojos en el libro que El nos da y cada uno haga allí lo que en el libro vea.
Porque esta humanidad santísima de nuestro Redentor, aunque para todos es el libro abierto que ha de comprender y practicar, pero este Maestro inolvidable nos enseña y dice que también es el gran arquitecto, que dibuja y traza y levanta los edificios muy distintamente los unos de los otros.
En todos pone los mismos cimientos y emplea los mismos materiales; pero en su modo de levantarlos hay inmensa variedad.
Porque mientras a unos los levanta poniendo en ellos un solo piso, a otros con dos, a otros con más, y a algunos los levanta a grande altura, y a otros les pinta y hermosea por dentro, dejándolos muy lisos por fuera; a otros los hermosea por fuera como por dentro; a otros los levanta en sitios donde no son conocidos ni vistos de nadie; a otros los pone para que de todos sean vistos y conocidos.
En fin, todo lo hace como su grande sabiduría lo traza, lo quiere y dispone. Lo que quiere es que cuando veamos a uno de los discípulos de esta escuela que le levanta Dios a grande altura y a nosotros nos deja, que le ayudemos a dar gracias a Dios, porque se digna fijar en él su mirada y no cesemos de dar gracias por ello, pero jamás a la criatura la ensalcemos ni alabemos, porque nosotros no podemos saber si merece alabanza por lo que tiene o merece desprecio por lo que hace.
Porque al ver la disposición en que se hallan el corazón y el alma, que es lo que Dios mira y por lo único que se disgusta o complace, esto no lo podemos nosotros ver, porque en el corazón y en el alma, ¿quién puede entrar si no es Dios? Nadie más que Dios.
Cada uno en sí mismo vea lo que a Dios Le agrada y lo que Le disgusta.
Pongamos nuestros ojos en ver el interior de Jesucristo, para ver la disposición de aquella alma bendita y de aquel corazón amante, cómo obraban y el fin que llevaban en todas sus acciones, para nosotros hacerlo por los mismos fines que Dios hecho hombre obraba.
Y esto muy bien se ve y se aprende en esta segunda parte del libro, que es en lo que nosotros hemos de insistir únicamente.
El segundo libro que hay en esta escuela está sólo a la disposición de nuestro Maestro. No nos lo explica, porque este libro, todo lo que él contiene, está sobre todo el entender de toda inteligencia humana.
Y para que tengamos una idea clara y verdadera de lo incomprensible que este libro es, ¿qué hace?
Como es tan sabio, tan poderoso y sutil para enseñar, cuando estamos ya al final de la práctica de la segunda parte del libro primero, queriendo como premiar nuestro esmero en poner en práctica cuanto hemos visto en él, ¿qué hace entonces?
Nos habla y nos dice que aquel libro tan sobre nuestro entender tiene por título “Divina Esencia, Dios”, y al punto se siente el alma con todas sus potencias que no es ella, sino con una fuerza superior que no sabe ella qué es, pero que la arrebata su alma y sus potencias.
Y la arrebata sobre todo lo criado, no sólo de la tierra, sino de lo que llaman firmamento y nosotros llamamos Cielo, casa o palacio, o cielo, como lo quieran llamar, donde Dios puso a los ángeles cuando los crió.
Pues sobre estos cielos, allá… en inmensas y dilatadas alturas, fue arrebatada mi alma por una fuerza misteriosa y con tanta sutileza, que así como nuestro pensamiento, en menos tiempo de abrir y cerrar los ojos, recorre de un confín a otro confín, allí con esa mayor ligereza yo me veía allá, en aquellas inmensas y dilatadas alturas, y allí donde tienen Dios su palacio imperial, me hallé; en aquellos cielos que siempre existieron, por ser ellos como el trono de Dios…
Lo que allí hay, ¿quién lo podrá explicar, si arrebatada el alma, a vista de aquellas bellezas, nada sabe decir? Todos cuantos allí están gozando de Dios se ven, se miran, se dan el parabién los unos a los otros.
Allí no hay palabra alguna que se oiga pronunciar. ¡Oh lenguaje divino!, que mirándose en Dios, todos se entienden, y arrebatados todos, todos glorifican a Dios, y corriendo aquellos cielos tan dilatados con aquella agilidad con que se les ve siempre y siempre están todos como en el centro de Dios metidos, vayan donde vayan, recorran lo que quieran.
Siempre se hallan en el centro de Dios y siempre arrebatados con su divina hermosura y belleza. Porque Dios es océano inmenso de maravillas y también como esencia que se derrama, y siempre está derramando.
Y como lo que se derrama son las grandezas y hermosuras, dichas, felicidades y cuanto en Dios se encierra, siempre el alma está como nadando en aquellas dichas, felicidades y glorias que Dios brota de Sí.
Es Dios cielo dilatado y por eso siempre se están viendo y gozando nuevos cielos, con inconcebibles bellezas y hermosuras, y todas estas bellezas y hermosuras siempre las ve y las goza el alma como en el centro de Dios. Y recorriendo aquellos anchurosos cielos nuevos siempre el alma se halla eternamente feliz.
¿Oh, quién podrá decir qué es aquello?
Si los querubines vinieran todos a la tierra, y con aquella inteligencia tan privilegiada que Dios les ha dado, y con el ardiente deseo que todos ellos tienen, de que Dios sea conocido en sus obras, empezaran a hablar, nada nos sabrían decir ni darnos siquiera idea de lo que aquello es.
De nuestro Dios, ¿quién habrá que nos pueda hablar y decir algo? No tiene cuerpo, ni forma, ni figura alguna. ¿Quién, por lo tanto, nos podrá decir cómo es Dios? ¿Qué cuerpo, forma o figura tiene la perfección de todas las perfecciones, la perfección de todas las hermosuras, si ni de las cosas que vemos y palpamos casi no podemos dar cuenta?
Si no, decidme: ¿Qué forma tiene la claridad? Y ¿qué la aurora de la mañana? Y ¿qué la vida nuestra? ¿Y la de todas las flores, plantas y de todo cuanto tiene vida?
¡Oh vida que siempre viviste! ¡Unica vida que vive! ¡Oh Dios mío y todo mío! ¿Quién habrá que nos pueda hablar de Ti y decirnos lo que eres?
Si el que Te ve queda arrebatado y olvidado de sí, no sabe si vive en sí, porque el solo recordarte transporta y saca de sí, ¿quién podrá decirnos algo de Ti? ¡Oh!, ¿a qué compararse el conocimiento de Dios que se adquiere en esta escuela divina y el que tenemos antes de entrar en ella?
No hallo otra comparación si no es la del ciego de nacimiento, que sabiendo lo que es la naturaleza por lo que han dicho, de repente le quitaron su ceguera y viera la naturaleza tal cual ella es. ¡Qué bien sabría decirnos la diferencia que hay entre lo que le habían dicho y lo que ella es!
Pues, ¡Maestro mío!, tráenos a todos a tu escuela, para que, como el ciego, veamos lo que Tú eres, porque nadie nos lo puede decir.
¿Cómo va con palabras a podernos decir la criatura que de su principio es la nada? ¿Cómo va a poder saber decirnos qué cosa es, lo que es, siendo incomprensible por su grandeza y majestad inmensa? No hay inteligencia humana ni angélica, por dilatada que sea, que nos lo pueda decir, porque toda dilación que no sea lo dilatado de Dios, todo tiene su término, y llegando a su término, de allí no pasa. ¿Quién nos va a hablar de Dios y decirnos lo que es?
Nadie, nadie, ni del cielo ni de la tierra. Es foco de eterna luz, que encierra inmensos fulgores; manantial de perfecciones que encierra toda virtud. Cada una de sus infinitas perfecciones tiene su modo de ser, y por naturaleza es infinita en hermosura y belleza, tan arrebatadora, que el que la ve se arrebata y queda como enajenado y absorbido en la misma belleza y hermosura, y se siente el transmitir de aquella hermosura y belleza, y al sentirlo, nuevamente se siente enajenado, absorto y arrebatado por una dicha y felicidad, que siente el alma en sí misma.
Y esta dicha y felicidad las ha sentido a la vista de una de las perfecciones de Dios.
Pues, ¿qué sentirá a la vista de todas las perfecciones y virtudes y atributos de Dios?
Y ¿qué será verse cada uno amado de Dios ante todos los ángeles y ante todos los hombres, con un amor como es el amor de Dios, que deja el alma embriagada en una felicidad, que no tiene semejanza, que llena de hartura, sin que el alma tenga cosa alguna que desear?
Que al alma y cuerpo aquel amor de Dios da hartura en toda clase de felicidades, dichas y glorias, sin que este amor de Dios disminuya ni deje de amarnos por los siglos sin fin.
¿Qué sentirá entonces el alma, cuando se vea tan amada para siempre, de aquel que es la única cosa que es?
Y ¿quién nos podrá explicar o decir lo que el alma siente a la sola vista de Dios, cuando de sólo verle se queda el alma toda como anegada en aquellos piélagos inmensos, mares sin fondo, cielos que no tienen fin en lo inmenso y dilatado?
Porque todo esto encierra en sí aquella Esencia Divina.
Pues ¿quién habrá que nos pueda decir lo que es Dios, si lo que se siente al sólo verle, nadie lo puede decir, porque se queda el alma sin vivir en sí y vive sólo en Dios y endiosada? Y así, ¿qué nos podrá decir, si endiosada su vivir es absorta y enajenada y arrebatada por la hartura de todas las felicidades?
Pues ¿cómo va a poder decir lo que es Dios?
¿Quién hay que arrebatado pueda articular palabra, y aunque pudiera, cómo va a saber decir lo que está sobre todo entender?
Y si esto produce la vista de Dios, ¿qué será lo que sentirá el alma, cuando se dé Dios al alma en posesión, para que Él goce y goce para siempre? Y si estos efectos causa en quien Le ve, ¿qué gozará poseyéndole? ¿Qué será Dios en Sí mismo?
¡Oh grandeza suma! ¡Vida que siempre viviste y con tu propia vida! Porque Tú eres el que has dado a todos la vida.
¡Oh, quién me diera poder tener ahora en esta presente vida un infinito gozo para gozarme con él de que seas quien eres!
¡Oh, y que los hombres nieguen tu existencia, siendo Tú la única cosa que es y vive con propia vida! ¡Oh mi todo en todas las cosas! Habla, y déjate sentir de un confín a otro confín de la tierra, y di a todas las criaturas que para nada nos necesitas; que si nos deseas, no es con otro fin que el de remediar nuestras necesidades, y sacarnos de nuestra poquedad y miseria, y darnos la dicha y felicidad que buscamos y no hallamos, ni lal podemos hallar; porque no existe sino en Ti, que eres fuente y manantial de toda dicha y ventura. ¿Y cómo la van a buscar en Ti, si en Ti no creen; si niegan tu existencia?
¡Oh Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra y hiere a todos como Tú sabes herir, para que así, heridos por Ti, no resistan más tiempo a tus llamamientos divinos y dejen esas niñerías en que están entretenidos, engaño satánico con que Satanás gana los corazones de los hombres, y seducidos y engañados, pasen la vida con niñerías distraídos, y así los coja la muerte y pierdan el fin para el cual fueron criados.
¡Santo y Divino Espíritu! No nos dejes en nuestros vanos entretenimientos.
Fuérzanos a ir a Ti con el poder que tienes como Dios que eres.
Haz que en todos se cumplan tus amorosos designios, y seas de todos alabado, ensalzado, glorificado, y nosotros gocemos de tus bondades divinas y todos en tu divina presencia endiosados por Ti vivamos por los siglos sin fin como Vos lo deseabais, aun antes de nosotros existir. Así sea.

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Letanía del Espíritu Santo

Señor. Tened piedad de nosotros.
Jesucristo. Tened piedad de nosotros
Señor. Tened piedad de nosotros.
De todo regalo y comodidad. Libradnos Espíritu Santo.
De querer buscar o desear algo que no seáis Vos. Libradnos Espíritu Santo.
De todo lo que te desagrade. Libradnos Espíritu Santo.
De todo pecado e imperfección y de todo mal. Libradnos Espíritu Santo.
Padre amantísimo. Perdónanos.
Divino Verbo. Ten misericordia de nosotros.
Santo y Divino Espíritu. No nos dejes hasta ponernos en la posesión de la Divina Esencia, Cielo de los cielos.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Enviadnos al divino Consolador.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Llenadnos de los dones de vuestro espíritu.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo, haced que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu Santo.
Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarán la faz de la tierra.

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Obsequio al Espíritu Santo para este día décimo

Las tres virtudes teologales

Hemos de prometer este día al Espíritu Santo el guardar, conservar y trabajar cuanto nos sea posible, porque nadie nos puede arrebatar estas virtudes Divinas.
Entre las criaturas ninguna sabe, como lo sabe Satanás, lo que valen estas virtudes.
Siempre anda como cazador, sin descanso en su busca, a ver si las puede cazar.
Cuando él se gloría mucho con la caza que coge, es cuando lo hace por las soledades, porque anda en acecho por la soledad.
Si hace presa, seguras tiene las tres. Pone como blanco la fe, y como ésta hiera, seguras tiene las otras dos; porque las heridas en la fe son de muerte.
Si hiere con su flecha infernal a la esperanza o a la caridad, no se gloría tanto con su caza; porque estas heridas sanan pronto.
Pero si hiere en la fe, como esta herida es mortal, ¡cuánto se regocija en ello! Estas virtudes forman las tres como un solo árbol. La raíz y el tronco, es la fe; las ramas, son la esperanza; los frutos, la caridad.
Si cortan las ramas, con su corte queda el árbol sin ellas y sin fruto; pero el árbol no desaparece, porque como existe la raíz y el tronco, pronto echa otra vez las ramas y éstas vuelven a dar frutos.
Pero si lo que quitan del árbol es el tronco o la raíz, pierde las ramas y los frutos de ellas, el árbol desaparece; porque quitados el tronco y la raíz, las ramas y los frutos mueren.
¡Almas consagradas a Dios en las soledades del claustro, que tanto aprecio y estima hacéis de lo que llamáis visiones y revelaciones! Haced más aprecio y estima de un acto de fe, que de todas las visiones y revelaciones; creed ciegamente las que Dios tiene reveladas a su Iglesia, y las que la Iglesia aprueba, y ninguna más.
Y con esto habremos dado un grandísimo consuelo al Espíritu Santo. Así sea.

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Oración final para todos los días
Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.
¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla! ¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia! ¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres. Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar. ¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!
Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos! ¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!
¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería. Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!
¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres! Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.
¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor! ¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!
¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido! Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman! ¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido! ¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.
PREMIOS DE ESTA ESCUELA
( DE LA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO)

No merecidos, sino dados por pura bondad de nuestro inolvidable Maestro, el Espíritu Santo.
Son dados a las potencias de nuestra alma; mas todo nuestro ser siente la grande dicha que traen consigo estos premios, porque son recreo y placer al cuerpo, y al alma un cielo anticipado.

Premios a la memoria

Traslados que la hacen ir sin poner esta potencia trabajo alguno a Belén, a Egipto, a Jerusalén, siguiendo a Jesucristo en su vida pública, al Tabor en la transfiguración, al huerto de los olivos, al pretorio, por las calles de Jerusalén, al Calvario, vista amorosa de nuestro adorable Redentor, etc., etc.

Premios al entendimiento

Conocimiento de la Divina Esencia y de sus Tres Divinas Personas; acomodado este conocimiento a la capacidad de la inteligencia humana.
Conocimiento de la creación, del ángel y del hombre; de la rebelión, desobediencia y castigos; de la Encarnación del Divino Verbo, etc., etc.

Premios a la voluntad

Osculos del más apasionado y fino de los amantes. Dardos de amor Divino; heridas en el alma; transformación del alma en Dios; delectación la más tierna y amorosa, a la manera que lo es un niño que estando en los brazos de su madre en el más dulce reposo, al mismo tiempo que reposa es alimentado con leche; así lo es aquí el alma, con sabiduría y ciencia y posesión que hace en el alma toda la Santísima Trinidad.

Mil vidas si las tuviera
daría por poseerte,
y mil… y mil… más yo diera…
por amarte si pudiera…
con ese amor puro y fuerte
con que Tú, siendo quien eres…
nos amas continuamente.

Decenario al Espíritu Santo. Noveno día.

Decenario al Espíritu Santo. Noveno día.

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DÍA NOVENO

Acto de contrición

¡Oh Santo y Divino Espíritu!, bondad suma y caridad ardiente; que desde toda  la eternidad deseabas anhelantemente el que existieran seres a quienes Tú  pudieras comunicar tus felicidades y hermosuras, tus riquezas y tus glorias.  Ya lograste con el poder infinito que como Dios tienes, el criar estos seres para  Ti tan deseados.
¿Y cómo te han correspondido estas tus criaturas, a quienes tu infinita bondad  tanto quiso engrandecer, ensalzar y enriquecer? ¡Oh único bien mío!
Cuando por un momento abro mis oídos a escuchar a los  mortales, al punto vuelvo a cerrarlos, para no oír los clamores que contra Ti  lanzan tus criaturas: es un desahogo infernal que Satanás tiene contra Ti, y no es  causa por lograr el que los hombres Te odien y blasfemen, y dejen de alabarte y bendecirte, para con ello impedir el que se logre el fin para que fuimos criados.
¡Oh bondad infinita!, que no nos necesitáis para nada porque en Ti lo tienes todo: Tú eres la fuente y el manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad  y grandeza, de toda riqueza y hermosura, de todo poder y gloria; y nosotros,  tus criaturas, no somos ni podemos ser más de lo que Tú has querido hacernos;  ni podemos tener más de lo que Tú quieras darnos.  Tú eres, por esencia, la suma grandeza, y nosotros, pobres criaturas, tenemos  por esencia la misma nada.  Si Tú, Dios nuestro, nos dejaras, al punto moriríamos, porque no podemos tener  vida sino en Ti.
¡Oh grandeza suma!, y que siendo quien eres ¡nos ames tanto como nos amas y  que seas correspondido con tanta ingratitud!  ¡Oh quien me diera que de pena, de sentimiento y de dolor se me partiera el corazón en mil pedazos! ¡O que de un encendido amor que Te tuviera, exhalara  mi corazón el último suspiro para que el amor que Te tuviera fuera la única  causa de mi muerte!
Dame, Señor, este amor, que deseo tener y no tengo. Os le pido por quien sois,  Dios infinito en bondades.  Dame también tu gracia y tu luz divina para con ella conocerte a Ti y  conocerme a mí y conociéndome Te sirva y Te ame hasta el último instante de  mi vida y continúe después amándote por los siglos sin fin. Amén.

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Oración para todos los días
Señor mío, único Dios verdadero, que tienes toda la alabanza, honra y gloria  que como Dios te mereces en tus Tres Divinas Personas; que ninguna de ellas  tuvo principio ni existió una después que la otra, porque las Tres son la sola  Esencia Divina: que las tiene propiamente en sí tu naturaleza y son las que a tu  grandeza y señoría Te dan la honra, la gloria, el honor, la alabanza, que como
Dios Te mereces, porque fuera de Ti no hay honra ni gloria digna de Ti. ¡Grandeza suma! Dime, ¿por qué permites que no sean conocidas igualmente de tus fieles las Tres Divinas Personas que en Ti existen? Es conocida la persona del Padre; es conocida la Persona del Hijo; sólo es desconocida la tercera Persona, que es el Espíritu Santo.
¡Oh Divina Esencia! Nos diste quien nos criara y redimiera y lo hiciste sin tasa y sin medida. Danos con esta abundancia quien nos santifique y a Ti nos lleve. Danos tu Divino Espíritu que concluya la obra que empezó el Padre y continuó el Hijo. Pues el destinado por Ti para concluirla y rematarla es tu Santo y Divino Espíritu.
Envíale nuevamente al mundo, que el mundo no le conoce, y sin El bien sabéis Vos, mi Dios y mi todo, que no podemos lograr tu posesión; poseer por amar en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad. Así sea.
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Consideración

La última batalla que Satanás tiene con el alma, la más astuta que ha podido discurrir su saber y su malicia, pues lleva por fin en sus intentos el robar a Dios lo que es de Dios, y al alma llenarla de soberbia y con ella lograr el separarnos de Dios para siempre.

Viendo Satanás que con todo lo que él ha hecho para arrancar la fe del alma no ha podido lograr su intento, entra en sospecha si Dios habrá intervenido en la pelea; sospechoso de esto, se resuelve a no entrar ya él en lucha con nosotros directamente ni con ninguno de sus secuaces, sino hacer que lo hagan las gentes que nos tratan y hasta el mismo confesor, no diciendo éste nuestros pecados, porque en esto tiene que dejarse matar primero antes que decir ningún pecado; pero de lo que no es pecado puede decirlo sin faltar, y a esto es movido por Satanás. Y movidos por Satanás, he aquí que las gentes del mundo, sin fundamento y sin verdad, empiezan a decir: unos, que hacen grandes penitencias; otros, que tienen éxtasis, revelaciones, visiones, que son muy amados de Dios y favorecidos, y así otras mil cosas.
Y así como por medio de las campanas en un instante sabe todo el pueblo que hay quema y dónde la hay, así las criaturas, movidas por Satanás, hablan e inventan cosas que no hay. Todo movido por Satanás.
Porque ¿qué le importa a él que no haya verdad en lo que dicen para lograr lo que él intenta con todo ello? La cosa es, que tales cosas levantaron y dijeron, que con todo ello le dio la gente por santo. Y así en adelante la gente le llama y le apellida.
¡Pobre alma! ¿Qué sería de ti si no fuera por lo que has visto y aprendido en esta escuela divina, donde te dan por espejo a Dios, y en Él te miras y no dejes de mirarte hasta que bien te conozcas?
¡Oh! ¿Qué sería de ti, pobre hijo de Adán, si no te hubieran hecho ver con aquella verdad con que ves y palpas las astucias de Satanás y todos los intentos que se propone? Y ¿cómo te hubieras ahora escapado de sus garras, con el saber y poder que tiene, pues todo se lo dejó Dios, y él lo emplea todo en seducirte y engañarte astuta y maliciosamente?
¡Bendita seas, Luz Divina! ¡Mil y mil veces seas bendita! Porque con tu claridad conocí a Dios, grandeza suma, santidad consumada, fuente y manantial de toda perfección, verdad inmutable, poder infinito, vida verdadera, por quien yo vivo y en quien tengo la vida segura; pues por Él no la he de perder, porque Él me dio la verdadera vida del alma que hoy tengo y vivo; si hay algo en mí que no es pecado, de Él es; y si hay algo que merezca alabanza, Él me lo ha dado; yo de Él lo he recibido; yo nada mío tengo, porque soy la misma nada.
El barro fue mi principio y la tierra es la herencia de todo mi linaje. ¿Quién, si no es Dios, merece alabanza?
¡Oh! Anatema sea el que pronuncie alabanzas, y no las encamine a Dios, que es la única cosa digna de ser alabada. ¡Oh, lo que somos cuando tu luz sobrenatural no ilumina nuestras inteligencias! Ladrones somos, pues te robamos la alabanza que Tú mereces y la damos a las pobres criaturas. Somos pobres ciegos, pues no vemos la verdad. Somos ignorantes, pues ignoramos dónde está la verdad y dónde tiene su principio. Somos unos necios, pues necedad y grande necedad es el creer que una criatura puede ser lo que la llaman y apellidan, cuando por sí sola ni un paso acertado y menos bien dado puede dar por el camino que a la santidad conduce. Somos insensatos, porque, ¿qué mayor insensatez se puede cometer, como la que nosotros cometemos, cuando vemos que la infinita bondad de Dios, viendo la pobreza de su criatura, la viste de sus virtudes y la adorna con sus dones, y la favorece cuando ve su miseria y ruindad, y en lugar de engrandecer y alabar la bondad de Dios que se lo da, alaban a la pobre criatura que lo ha recibido?
¿Habrá mayor insensatez que ésta? Tú, que alabas los ayunos y penitencias hasta tal punto, y que le llamas y apellidas santo. ¿Sabes tú si en lo que hace, obra con la pureza de intención que debe, o si da a Dios en ello lo que Él le pide o deja de hacerlo, y lo que no debe hace, o haciéndose querer por lo que obra, por lo cual Dios grandemente se disgusta, y tú le llamas y apellidas santo?
¿Acaso Dios se paga con exterioridades, como nos pagamos nosotros? ¡Oh, que la verdadera santidad no la puso Dios tan fuera! La puso dentro y muy dentro, y allí quiere Dios que la busquemos, y allí sólo la veamos, y por lo que allí hay, juzguemos.
¡Y qué difícil es esto de conocer! Está allá en lo más íntimo del alma y del corazón; tan oculta y escondida a todos. Si no es Dios y nuestro entendimiento que allí se meta y vea lo que Dios aprueba y reprueba, ¿quién lo podrá saber? Si allí a nadie le es permitido entrar; ha dispuesto Dios, Sabiduría infinita e increada, que nadie pueda penetrar, si no es Dios y la misma alma, y allí sin ruido de palabras, los dos secretamente se hablen y se entiendan.
Y esto que ha dispuesto Dios, al pie de la letra se cumple. Pues ¿cómo y por qué alaban sin saber? ¿Quién los mueve a ello? Nadie, sino Satanás.
Porque como Satanás quiso privar a Dios del contento que tenía en amar y ser amado del hombre, ahora es el instrumento que Dios tiene más útil y más a propósito para labrar, tallar y pulir a todos los verdaderos santos.
¡Oh! ¡Cómo no escarmentará con las derrotas que ha llevado! Pero ¿cómo va a escarmentar, si la soberbia y la venganza y la envidia es como su vida? La rabia es mal que nunca se quita; muriendo se acaba. Y como él no pudo morir, siempre vive y vivirá en rabia y desesperación.
Como tiene tanto poder y tanto saber, y es tan malicioso y vengativo, tan mentiroso y traidor, hasta está poseído que nos ha de engañar; si no es por un camino, por otro.
Y aquel que tienen dominio sobre todos los poderes del infierno, calla, le deja que maniobre. Y cuando Satanás y todo su ejército tiene ya todo preparado, he aquí que el alma, con su Dios, derrota a Satanás y a todo su ejército dejándoles a todos burlados y confundidos.
Y sin Satanás saberlo, contribuye a que el alma, más y más enamorada de su Dios, Le ame, Dios más se complazca en el alma y más la ame, y salida de la pelea adquiera el alma, por su medio, un estado, al cual jamás hubiera acaso llegado y ahora en posesión lo tiene, pues se lo han dado como en regalo por la pelea, lucha y combate que con él ha tenido.
¡Oh qué modo tienes tan divino, Maestro mío inolvidable, de enseñar al alma, y por la propia experiencia hacerla ver y sentir las mismas cosas en tu sabiduría inmensa! ¡Dios inmutable en las batallas!
Pues lo más grandioso, lo más hermoso, lo más consolador y bello es verte vencer sin luchar, derrotar sin destruir, sin ser visto, ni sentido, ni oído de tus contrarios. La paz, la tranquilidad, el reposo y la quietud son las armas que Tú enseñas a bien manejar, y con su manejo destruir a cuantos quieran pelear. Haz, Señor, que con estas armas luchemos siempre, para que quedemos vencedores de nosotros mismos, y triunfando de nosotros mismos, dejemos a Satanás para siempre derrotado y confundido. Así sea.

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Letanía del Espíritu Santo

Señor. Tened piedad de nosotros.
Jesucristo. Tened piedad de nosotros
Señor. Tened piedad de nosotros.
De todo regalo y comodidad. Libradnos Espíritu Santo.
De querer buscar o desear algo que no seáis Vos. Libradnos Espíritu Santo.
De todo lo que te desagrade. Libradnos Espíritu Santo.
De todo pecado e imperfección y de todo mal. Libradnos Espíritu Santo.
Padre amantísimo. Perdónanos.
Divino Verbo. Ten misericordia de nosotros.
Santo y Divino Espíritu. No nos dejes hasta ponernos en la posesión de la Divina Esencia, Cielo de los cielos.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Enviadnos al divino Consolador.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Llenadnos de los dones de vuestro espíritu.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo, haced que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu Santo.
Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarán la faz de la tierra.

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Obsequio al Espíritu Santo para este día noveno

Hacer todas las cosas con verdad

El obsequio muy agradable al Espíritu Santo es hacer todas las cosas en verdad y con verdad, y según Le gusta a Dios que las hagamos. Y una de las cosas hechas y dichas en verdad y con verdad es que ni alabemos, ni vituperemos, ni deseemos, ni rechacemos cuando en todo ello no echemos de ver la verdad. Alabar con verdad es cuando alabamos a los Santos beatificados por la Iglesia. Esto lo quiere Dios y es muy de su agrado.
Pero alabar a los que entre nosotros viven, porque les veamos favorecidos de Dios, esta alabanza no es dada según verdad.
Porque si se quiere alabar lo que se ve bueno en uno, alábese a Dios, que es el que se lo da y no se alaba a aquel a quien se lo dan.
En esto hemos de hacer lo que hacemos cuando vemos a un pobre vestido por la caridad de un rico; que luego los unos y los otros decimos cuando al pobre le vemos: Mira, ese traje y todo lo que lleva ese pobre se lo dio don Fulano, y nombramos a ese caritativo. Y con esto hacemos una cosa, según verdad.
Porque si en lugar de alabar al que se lo dio alabamos al que lo recibió, si nos lo oye una persona de buena inteligencia y sensata, nos diría, y con sobrada razón: ¿Por qué no alabas al que se lo ha dado y no al pobre que lo ha recibido? ¿No ves que eso no está bien y, por tanto, no se debe hacer?
Tampoco nos hemos de angustiar cuando nos vituperan, ni hemos de desear que nos alaben, porque tampoco en ello hay verdad.
Ver a uno hacer una cosa que está bien hecha y es razonable que así lo haga, y que al que lo hace le alabamos y le tenemos por santo
Sepamos todos que con esta alabanza hacemos el oficio de Satanás. Y es que todos los hijos de Adán tenemos una tendencia a la vanidad, como natural en nosotros, que todos hemos de hacer lo que podamos por arrancarla. Y que esto es verdad, vedlo en todos; alabad a uno, nunca por ello se pierde la amistad.
Decid a uno lo que decimos a un enfermo: mira que no estás bien; te he notado esto y esto, que son síntomas de enfermedad; él no se resiente, pero decirle que tiene tal y tal defecto, veréis si pierde o no la amistad.
¿Qué es esto sino efecto de la vanidad que reina en nosotros?

Pues ni alabemos ni queramos ser alabados, y habremos dado un paso por el camino de la verdad.
Y si queréis alabar, alabad a Dios, que es el que nos da cuanto de bueno tenemos, y con esto habremos hecho una cosa muy del agrado del Espíritu. Así sea.

PALOMA

Oración final para todos los días
Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.
¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla! ¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia! ¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres. Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar. ¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!
Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos! ¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!
¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería. Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!
¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres! Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.
¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor! ¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!
¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido! Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman! ¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido! ¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.
Decenario al Espíritu Santo. Octavo día

Decenario al Espíritu Santo. Octavo día

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DIA OCTAVO

Acto de contrición

¡Oh Santo y Divino Espíritu!, bondad suma y caridad ardiente; que desde toda  la eternidad deseabas anhelantemente el que existieran seres a quienes Tú  pudieras comunicar tus felicidades y hermosuras, tus riquezas y tus glorias.  Ya lograste con el poder infinito que como Dios tienes, el criar estos seres para  Ti tan deseados.
¿Y cómo te han correspondido estas tus criaturas, a quienes tu infinita bondad  tanto quiso engrandecer, ensalzar y enriquecer? ¡Oh único bien mío!
Cuando por un momento abro mis oídos a escuchar a los  mortales, al punto vuelvo a cerrarlos, para no oír los clamores que contra Ti  lanzan tus criaturas: es un desahogo infernal que Satanás tiene contra Ti, y no es  causa por lograr el que los hombres Te odien y blasfemen, y dejen de alabarte y bendecirte, para con ello impedir el que se logre el fin para que fuimos criados.
¡Oh bondad infinita!, que no nos necesitáis para nada porque en Ti lo tienes todo: Tú eres la fuente y el manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad  y grandeza, de toda riqueza y hermosura, de todo poder y gloria; y nosotros,  tus criaturas, no somos ni podemos ser más de lo que Tú has querido hacernos;  ni podemos tener más de lo que Tú quieras darnos.  Tú eres, por esencia, la suma grandeza, y nosotros, pobres criaturas, tenemos  por esencia la misma nada.  Si Tú, Dios nuestro, nos dejaras, al punto moriríamos, porque no podemos tener  vida sino en Ti.
¡Oh grandeza suma!, y que siendo quien eres ¡nos ames tanto como nos amas y  que seas correspondido con tanta ingratitud!  ¡Oh quien me diera que de pena, de sentimiento y de dolor se me partiera el corazón en mil pedazos! ¡O que de un encendido amor que Te tuviera, exhalara  mi corazón el último suspiro para que el amor que Te tuviera fuera la única  causa de mi muerte!
Dame, Señor, este amor, que deseo tener y no tengo. Os le pido por quien sois,  Dios infinito en bondades.  Dame también tu gracia y tu luz divina para con ella conocerte a Ti y  conocerme a mí y conociéndome Te sirva y Te ame hasta el último instante de  mi vida y continúe después amándote por los siglos sin fin. Amén.

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Oración para todos los días
Señor mío, único Dios verdadero, que tienes toda la alabanza, honra y gloria  que como Dios te mereces en tus Tres Divinas Personas; que ninguna de ellas  tuvo principio ni existió una después que la otra, porque las Tres son la sola  Esencia Divina: que las tiene propiamente en sí tu naturaleza y son las que a tu  grandeza y señoría Te dan la honra, la gloria, el honor, la alabanza, que como
Dios Te mereces, porque fuera de Ti no hay honra ni gloria digna de Ti. ¡Grandeza suma! Dime, ¿por qué permites que no sean conocidas igualmente de tus fieles las Tres Divinas Personas que en Ti existen? Es conocida la persona del Padre; es conocida la Persona del Hijo; sólo es desconocida la tercera Persona, que es el Espíritu Santo.
¡Oh Divina Esencia! Nos diste quien nos criara y redimiera y lo hiciste sin tasa y sin medida. Danos con esta abundancia quien nos santifique y a Ti nos lleve. Danos tu Divino Espíritu que concluya la obra que empezó el Padre y continuó el Hijo. Pues el destinado por Ti para concluirla y rematarla es tu Santo y Divino Espíritu.
Envíale nuevamente al mundo, que el mundo no le conoce, y sin El bien sabéis Vos, mi Dios y mi todo, que no podemos lograr tu posesión; poseer por amar en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad. Así sea.
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Consideración

La gran batalla que Satanás prepara para el alma, cuando la ve que persevera en su camino comenzado. Sufrimiento del alma en la batalla; el gran contento que damos a Dios con ella y lo que nos dan por haber peleado, no merecido, sino dado por el amor que nos tiene.

Cuando el alma se resuelve a no querer nada si no es el seguir a su amado Redentor, y poniendo en Él fija su mirada con el único fin de hacer por Él, si pudiera, lo que ve que ha hecho y sufrido por ella su adorable Redentor, enfurecido Satanás, prepara una gran batalla y a ella trae todo su ejército infernal.
Pues, ¿qué quiere?, ¿qué busca?, ¿qué pretende conseguir de nosotros Satanás que trae consigo todos sus moradores?
Según enseñanzas de nuestro inolvidable Maestro, se propone arrancar de nosotros las tres virtudes teologales. Pero donde va directamente a poner el blanco es en la fe, porque conseguida ésta, fácil cosa le es conseguir las otras dos; porque la fe es como el fundamento donde se levanta todo el edificio espiritual, que es lo que él quiere y desea y pretende destruir.
Dios entonces calla; no le impide su intento, antes prepara los caminos para que sea más ruda la batalla.
Y también Dios tiene en ello sus fines porque el prepararle los caminos es para dejarle en la batalla confundido, burlado y derrotarlo con la más completa derrota, y salgamos nosotros vencedores de esta batalla y quedemos invencibles en lo por venir.
Cuando Satanás ya se acerca a la pelea, lo primero que echamos de menos es la luz clara y hermosa que nos había Dios dado, para con ella conocer la verdad.
La escuela se cierra; la memoria y la razón, por la fuerza del dolor y sentimiento que el alma tiene, parece que se ha perdido.
¡Pobre alma! Quiere buscar a su Dios, y no sabe. Le quiere llamar, y no puede articular palabra. Todo se le ha olvidado; con tan profunda pena, se siente sola, sin compañía ninguna.
¿A qué compararé yo este estado? Nada hallo, si no es a esas noches de verano, en que se levantan de repente esos nublados tan fuertes y horribles, que por su oscuridad tenebrosa nada se ve, sino relámpagos que asustan, truenos que dejan a uno temblando, aires huracanados, que recuerdan la justicia de Dios al fin del mundo, el granizo y piedra, que parece que todo lo va a destruir.
No hallo cosa a qué poderlo comparar: sola, sin su Dios, siente venir a ella como un ejército furioso, que la gritan que está engañada, que no hay Dios, y la cercenan por todas partes, llenos de retórica que la dan conferencias, sin ella quererlo, pero no la dejan un punto, y con razonamientos tan fuertes y violentos, que a la fuerza la quieren hacer creer que no hay Dios, y con horribles bocachadas, que no hay el tal Dios a quien ella busca, y como con poder sobre las potencias para no poder ni discurrir ni creer otra cosa si no es aquello que a la fuerza y más que a la fuerza quieren hacer entender y creer a uno que nada más se crea lo que ellos dicen, y a ninguna otra cosa más se crea.
Allí está el alma toda oprimida con la más profunda pena, porque no sabe qué hizo para perder tan pronto a su Dios y la fe que en Él tenía; pues se ve entre tales consejeros por todos tan angustiada, que siente tienen su alma oprimida como uvas en el lagar; así, para no dejar en ella ni rastro alguno de fe.
Aquí enferma el alma de tanta pena, viendo que perdió a su Dios, y Le perdió para siempre por haber perdido la fe.
En esta tan inmensa y como infinita pena, allá a lo lejos y como una cosa que se soñó y que no se sabe que se ha soñado, se acuerda de la Iglesia y del amor que a ella debemos tener, y este recuerdo, como cuando a uno le ha faltado el conocimiento, y al volverle, quiere hablar y habla como entrecortadas palabras, así el alma sin voz, y tartamudeando, como que atinó a decir: me uno a las creencias todas de mi madre la Iglesia y no quiero creer ninguna cosa más.
Y sin poder decir más, ni hablar, ni entender, así pasé meses y meses hasta pasados dos años.
Tenía dieciocho años cuando esto pasó por mí, y cuando tanto yo sufría y lloraba sin consuelo la pérdida de mi fe, he aquí que amaneció para mí el día claro y hermoso.
Y así como yo, sin saber nada, en este estado vi que me metieron, también ahora vi y sentí que de él me sacaron. Y cuando yo tanto lloraba la pérdida de mi fe, me vi de ella hermosamente vestida.
Tanto, que por toto pasaría antes que perder la fe; y si por un imposible, hasta la cabeza de la Iglesia dijera que no había Dios, yo le diría: existe Dios, y en testimonio de mi creencia, despedácenme, pues hambre y sed tengo de verle.
¡Oh, lo que es Dios! ¡Oh, sapientísimo Maestro mío! ¿Por dónde me llevaste, para darme lo que me diste? Me desnudaste de la fe que yo tenía, para vestirme de una fe que nadie me podrá arrancar. ¡Oh Maestro mío, Maestro mío! Como eres, ¿quién te conocerá si Tú mismo no te das a conocer?
Admirable eres en tu modo de enseñar, y más admirable en tus enseñanzas; pero eres inmensamente más admirable, cuando al entrar en el combate y al empezar la batalla me dejas sola y Te ocultas y ocultándote me ayudas en la pelea, para que salga de allí con el más glorioso triunfo, dejando a Satanás vencido, humillado ante sus satélites y derrotado con humillante derrota.
Y yo salí de allí con tal fe, que nunca mayor tuve; y bien puedo decir con verdad: Maestro mío, que habiéndome Vos vestido de una fe, porque pasada esta tan cruel batalla, por ser con Satanás la pelea, me han dado a gustar, tener y sentir, poseer y gozar cuanto creí; por eso digo, que habiendo echado en mi alma hondas raíces la fe, que nadie me la podría arrancar, y habiéndome Vos vestido de tan brillante fe, vivo sin fe; porque ahora tengo ya en posesión lo que creía y esperaba.
De la esperanza, ¿qué diré?, ¿que la tengo o que no la tengo? Diré, que ya tengo en posesión y en alto grado más de lo que yo esperaba.
¿Y de la caridad? ¡Oh, se dilató mi corazón para amar! Ardía en deseos de amar, me dieron amor por amar; y este amor que me han dado, tal hambre de amor me da, que me excita el deseo de amar a Dios cuanto debo, y no le puedo saciar.
¡Oh Maestro mío, mi todo en todas las cosas, y mi todo en cada una de ellas! Date a conocer, pues que los hombres no Te conocen; date a conocer siquiera del pequeño número de almas que Te están consagradas. ¡Mira que éstas viven en la paz, tranquilidad y reposo que Tú buscas, para poner en ellas tu nido. Mansa, pura, casta y sencilla paloma: déjalas sentir el amoroso arrullo de tus castos amores, y de Ti quedarán prendidas y enamoradas para siempre. Acuérdate, bondad suma, que el Criador nos dio un corazón para amar y ser amados, y no hallan sino amores falsos, fingidos y rastreros. Demuéstrales este tu amor, puro, casto, desinteresado, fuerte, dulce, afable, consolador, constante, duradero, que se dilata más y más cada día, que ni la muerte les separa, pues pasa a los confines de la eternidad, y allí por aquellas eternidades se dilata, y dilatado, ama por los siglos sin fin, mientras dure tu existencia que pasa y traspasa las eternidades, porque las eternidades Tú las formaste, todas salieron de Ti, vida que siempre viviste en dilatados amores, y con ellos amáis a todos cuantos quieren ser de Ti amados. ¡Haz que entiendan esta verdad, dulce bien mío!
¡Saca a las inteligencias de tanta ignorancia e ilumínalas con tu luz clara y hermosa, y que vean con ello lo infinito y dilatado que es tu amor; haz también que no quieran ni busquen, ni deseen otro amor que el tuyo, y correspondan a tu amor! ¡Cielo de los mismos cielos! Tenga yo el consuelo de verte conocido y amado de todas tus criaturas.
¡Oh! ¡Qué será verte por los siglos sin fin, dilatar las venideras eternidades, para los que Te han buscado, servido y amado, y dilatarlos en dilatados amores, los más puros y deleitables, como son los que brotan de la pureza y santidad de Dios, Divina Esencia, de las divinas perfecciones que en Él están encerradas, y de ellas gustar, sin que nadie nos lo pueda impedir, ni estorbar, ni disminuir; antes bien, aumentar!
¡Oh! ¿Qué será este vivir? ¡Señor, aquí me tienes! Ya sabes lo que te quiero decir, y dame por ello, el que se cumplan en tus criaturas tus designios amorosos en el tiempo para que continuemos por los siglos sin fin. Así sea.

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Letanía del Espíritu Santo

Señor. Tened piedad de nosotros.
Jesucristo. Tened piedad de nosotros
Señor. Tened piedad de nosotros.
De todo regalo y comodidad. Libradnos Espíritu Santo.
De querer buscar o desear algo que no seáis Vos. Libradnos Espíritu Santo.
De todo lo que te desagrade. Libradnos Espíritu Santo.
De todo pecado e imperfección y de todo mal. Libradnos Espíritu Santo.
Padre amantísimo. Perdónanos.
Divino Verbo. Ten misericordia de nosotros.
Santo y Divino Espíritu. No nos dejes hasta ponernos en la posesión de la Divina Esencia, Cielo de los cielos.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Enviadnos al divino Consolador.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Llenadnos de los dones de vuestro espíritu.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo, haced que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu Santo.
Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarán la faz de la tierra.

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Obsequio al Espíritu Santo para este día octavo

La confianza en Dios

El obsequio que hemos de hacer este día al Espíritu Santo, es no desconfiar jamás de Dios, ni entregarnos al desaliento; porque es el camino trazado por Satanás para llevar las almas a la desesperación.
Nunca la deis entrada en vuestro corazón a la desconfianza y al desaliento; mirad a Judas en qué vino a parar por entregarse al desaliento. Y mirad a Pedro lo que fue por la confianza en Dios.
¿Por qué le llamó nuestro dulce Jesús a Judas, amigo, y a ninguno llamó con este nombre sino a él? Fue para alentarle a la confianza en Él.
¡Oh si Judas en aquel momento que el Señor le llamó amigo hubiese reconocido y llorado su pecado! ¿Creéis que Judas se hubiera desesperado y por lo tanto condenado? No.
Nuestro Maestro inolvidable, hablándonos de la grande falta que cometemos, cuando de Él desconfiamos, nos dice: que Judas, si hubiera ido a Jesucristo, confiando en Él que le perdonaría su pecado, no sólo le hubiese perdonado, sino que le hubiera tenido siempre como amigo y con obras le hubiera mostrado el título de amigo que le dio.
Pero Jesucristo solo no pudo salvarle; porque Dios que nos crió sin nosotros, nos dice ese sapientísimo Maestro que no nos salvará sin nosotros.
Y ésta es otra prueba más del amor que nos tiene, por habérnoslo así manifestado. Porque sabiendo Dios, como sabe, lo astuto que es Satanás y lo que trabaja para que de Dios desconfiemos y no acudamos a Él, así cuando pecamos y Le ofendemos, como cuando Le damos gusto y contento en todo, ¿qué es lo que quiere Dios que hagamos? Siempre ir a Él con la misma confianza.
Pues qué, ¿nos ama menos Dios que nos ama nuestra madre? Mirad: siempre nos mira Dios como niños; porque siempre en lo que a Él se refiere, como niños obramos.
Cuántas veces en nuestra niñez nos advertía nuestra madre: mira, no hagas tal cosa, que te vas a hacer daño; mira que te pego si haces tal cual cosa. ¿La hacíamos? Y al pie de la letra nos sucedía lo que nuestra madre nos había dicho.
Y ¿qué hacíamos? Pues gritar, y más gritar, llorar y decir: madre…, madre. Y si el daño que nos hicimos fue grave, ¡cuántos ayes dábamos a nuestra madre!, y no fiábamos ni de nosotros mismos, ni de nuestros amigos, ni de vecinos, ni de parientes, porque sabíamos que más que todos nos ama nuestra madre.
Así en lo espiritual. Aunque nos pegue y nosotros lo sepamos, clamamos por nuestra Madre. Y nuestra Madre, ¿qué hace entonces? Ni aun nos castiga. Porque viendo el grave daño que tenemos, pone sus ojos en curarnos y nada más. Y con título amoroso nos demuestra lo mucho que nos ama y lo que siente nuestro daño.
Pues si Judas, en lugar de desconfiar y entregarse al desaliento, como tierno niño que llama a su madre, hubiera llamado y pedido el perdón a Dios, Dios con entrañas que tiene más amorosas que las de una madre, le da su gracia, le ayuda con ella al arrepentimiento y dolor y todo quedaba remediado; Dios satisfecho y Judas en la amistad y gracia de Dios otra vez.
¡Oh, cuánto se apenó Jesucristo por no haber Judas observado esta conducta!
¡Pues no Le apenemos también nosotros! ¡No nos entreguemos a la desconfianza y desaliento! Llamémosle siempre que cometamos imperfecciones, faltas y aun pecados graves.
Que Él, con su gracia y con su ayuda, remedia todos nuestros males, y quedamos tan perfectamente curados, como si nada nos hubiera ocurrido. Y observando siempre esta conducta, seguros estamos de poseer a Dios por los siglos sin fin. Así sea.

PALOMA

Oración final para todos los días
Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.
¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla! ¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia! ¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres. Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar. ¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!
Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos! ¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!
¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería. Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!
¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres! Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.
¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor! ¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!
¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido! Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman! ¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido! ¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.
Decenario al Espíritu Santo. Séptimo día.

Decenario al Espíritu Santo. Séptimo día.

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DÍA SÉPTIMO

Acto de contrición

¡Oh Santo y Divino Espíritu!, bondad suma y caridad ardiente; que desde toda  la eternidad deseabas anhelantemente el que existieran seres a quienes Tú  pudieras comunicar tus felicidades y hermosuras, tus riquezas y tus glorias.  Ya lograste con el poder infinito que como Dios tienes, el criar estos seres para  Ti tan deseados.
¿Y cómo te han correspondido estas tus criaturas, a quienes tu infinita bondad  tanto quiso engrandecer, ensalzar y enriquecer? ¡Oh único bien mío!
Cuando por un momento abro mis oídos a escuchar a los  mortales, al punto vuelvo a cerrarlos, para no oír los clamores que contra Ti  lanzan tus criaturas: es un desahogo infernal que Satanás tiene contra Ti, y no es  causa por lograr el que los hombres Te odien y blasfemen, y dejen de alabarte y bendecirte, para con ello impedir el que se logre el fin para que fuimos criados.
¡Oh bondad infinita!, que no nos necesitáis para nada porque en Ti lo tienes todo: Tú eres la fuente y el manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad  y grandeza, de toda riqueza y hermosura, de todo poder y gloria; y nosotros,  tus criaturas, no somos ni podemos ser más de lo que Tú has querido hacernos;  ni podemos tener más de lo que Tú quieras darnos.  Tú eres, por esencia, la suma grandeza, y nosotros, pobres criaturas, tenemos  por esencia la misma nada.  Si Tú, Dios nuestro, nos dejaras, al punto moriríamos, porque no podemos tener  vida sino en Ti.
¡Oh grandeza suma!, y que siendo quien eres ¡nos ames tanto como nos amas y  que seas correspondido con tanta ingratitud!  ¡Oh quien me diera que de pena, de sentimiento y de dolor se me partiera el corazón en mil pedazos! ¡O que de un encendido amor que Te tuviera, exhalara  mi corazón el último suspiro para que el amor que Te tuviera fuera la única  causa de mi muerte!
Dame, Señor, este amor, que deseo tener y no tengo. Os le pido por quien sois,  Dios infinito en bondades.  Dame también tu gracia y tu luz divina para con ella conocerte a Ti y  conocerme a mí y conociéndome Te sirva y Te ame hasta el último instante de  mi vida y continúe después amándote por los siglos sin fin. Amén.

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Oración para todos los días
Señor mío, único Dios verdadero, que tienes toda la alabanza, honra y gloria  que como Dios te mereces en tus Tres Divinas Personas; que ninguna de ellas  tuvo principio ni existió una después que la otra, porque las Tres son la sola  Esencia Divina: que las tiene propiamente en sí tu naturaleza y son las que a tu  grandeza y señoría Te dan la honra, la gloria, el honor, la alabanza, que como
Dios Te mereces, porque fuera de Ti no hay honra ni gloria digna de Ti. ¡Grandeza suma! Dime, ¿por qué permites que no sean conocidas igualmente de tus fieles las Tres Divinas Personas que en Ti existen? Es conocida la persona del Padre; es conocida la Persona del Hijo; sólo es desconocida la tercera Persona, que es el Espíritu Santo.
¡Oh Divina Esencia! Nos diste quien nos criara y redimiera y lo hiciste sin tasa y sin medida. Danos con esta abundancia quien nos santifique y a Ti nos lleve. Danos tu Divino Espíritu que concluya la obra que empezó el Padre y continuó el Hijo. Pues el destinado por Ti para concluirla y rematarla es tu Santo y Divino Espíritu.
Envíale nuevamente al mundo, que el mundo no le conoce, y sin El bien sabéis Vos, mi Dios y mi todo, que no podemos lograr tu posesión; poseer por amar en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad. Así sea.
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Consideración
Enseñanzas e instrucciones que nos da este Divino Maestro acerca de lo que a Dios más Le agrada y a nosotros grandemente nos aprovecha.
No os quiero decir nada acerca de los inmensos consuelos y dulzuras que el alma y el cuerpo, sentidos y potencias, sienten en esta escuela dirigidos por un tan admirable Maestro como lo es el Espíritu Santo, porque el buscar a Dios por lo que da, o por lo dulce que es, es el medio de nunca gustar, ni sentir, las dulzuras y consuelos que se desean, y además es el gran estorbo y no pequeño impedimento para lograr la unión con Dios.
Todo se alcanza, todo se tiene, porque todo nos lo dan cuando sólo a Dios buscamos por quién Él es, no por lo que da ni por lo que nos ha prometido, sino sólo por quien es.
A Dios hay que buscarle, servirle y amarle desinteresadamente; ni por ser virtuoso, ni por adquirir la santidad, ni por la gracia, ni por el Cielo, ni por la dicha de poseerle, sino sólo por amarle; y cuando nos ofrece gracias y dones, decirle que no, que no queremos más que amor para amarle, y si nos llega a decir pídeme cuanto quieras, nada, nada le debemos pedir; sólo amor y más amor, para amarle y más amarle.
Esto es lo más grande que podemos pedir y desear, por ser Él la única cosa digna de ser amada y apetecida, y convencidos de esta verdad, pasemos adelante, hablando de lo que a Dios más Le agrada y a nosotros grandemente nos aprovecha.
Es tan hábil para enseñar este sapientísimo Maestro, que es lo más admirable ver su modo de enseñar. Todo es dulzura, todo es cariño, todo bondad, todo prudencia, todo discreción.
Ya dejo dicho que no usa de palabras para enseñar, sino rara vez.
Entonces suena la voz en la escuela, pero sin verle. Mas el que oye esta voz bien sabe que Él es, y se oye después que las lecciones recibidas las ha puesto en práctica todas con amor y desinteresadamente.
Ya dejo dicho que las lecciones en esta escuela todas hay que ponerlas en práctica y si no se ponen es tiempo perdido y da su merecido castigo.
Y el castigo que da es no abrirse la escuela hasta no haber puesto en práctica las lecciones recibidas y no practicadas.
Y aunque se practique, el no haberlas practicado a su tiempo hay que llorarlo y sentirlo con el verdadero sentir, que también enseña, que es no sentirlo por el castigo o alguna otra mira, sino sentirlo muy de corazón sólo por haberle a Él faltado y por el disgusto que Le damos tan grande cuando con nuestro modo de proceder Le obligamos a que nos castigue.
Como nos ama tanto…, tanto, es tan grande su sentir cuando a castigarnos Le obligamos, que nos castiga, tanto por obligarle a que nos castigue como por lo que hicimos mal hecho, pues no puede dejar de castigarnos. Eso lo entendemos nosotros bien en esta escuela.
Como es tan Santo y la santidad toda es justicia, si no castigara, no digo el pecado, sino la imperfección, no sería perfecto; y no ser perfecto en Dios sería una falta y en Él no cabe falta.
Porque en lo infinito no cabe falta y Dios es infinito en todo.
Y esto que es así, no lo sabemos por las lecciones que allí nos dan; esto que ahora digo se aprende con su trato familiar que, como Maestro, tiene con nosotros.
Es cierto y os hablo con verdad; creedme, que no se le ve, pero se le siente, se le palpa, se le gusta, se le saborea, se siente uno lleno de Él; se experimenta la transformación del alma en Él, hecha por Él, porque esto el alma con cosa alguna no puede lograr, ni adquirir, si gratuitamente el Espíritu Santo no se lo da.
Porque esta Persona Divina es como la acción de Dios, que desciende a nosotros para unirnos a Él y hacernos por amor como una sola cosa con Él.
¡Oh verdadera riqueza! ¡Tesoro escondido! ¡Oh! ¿Dónde estás? ¿Cómo te han de hallar los hombres? ¡Salen fuera de sí para buscarla y está este grande tesoro en el centro de nuestra alma!
Aquí ha puesto Dios nuestro gozo, nuestra alegría, nuestro consuelo, nuestra paz, nuestra tranquilidad, el paraíso de la tierra, donde se goza y disfruta del Cielo anticipado.
El gozar de esta escuela es tan consolador, que todos los goces del mundo juntos no tienen a él semejanza. Mas queden suspendidos los goces por ahora.
Sigamos el modo de enseñar de este tan admirable y sabio Maestro.
Con esa luz clara y hermosa que trae consigo y que la pone en nuestro entendimiento y allí la deja, ve aquella verdad que pone en el alma este sapientísimo Maestro. No tiene más que hacer el entendimiento que mirar la verdad y la ve perfectamente con la claridad de la luz, que para este fin le han dado; y perfectamente la entiende sin trabajo alguno; la comunica el mismo entendimiento a la voluntad y ésta la ama, o la detesta y aborrece, según de lo que sea.
Porque si la verdad dada ha sido acerca de Dios, la voluntad se lanza a amarla ciega y desinteresadamente; si es la verdad recibida de sí misma, la voluntad no se mueve a amar, sino a quitar, aborrecer y detestar.
Porque todas estas verdades conocidas con la luz que dan al entendimiento, todas van encaminadas al conocimiento de Dios y al propio conocimiento; y como en Dios, todo cuanto ve y entiende, sabe que es digno de ser amado, la voluntad lo ama ciega y desinteresadamente.
Y como en ella o en sí ve y entiende perfectamente que todo cuanto hay es digno de aborrecimiento y detestación, lo detesta y aborrece, con el firme propósito de trabajar cuanto pueda, hasta lograr arrancarlo de sí.
Con el arte que se da para enseñar este tan hábil Maestro, todo causa contento y gran placer. Y así como lo poco que se hace en bien de nuestra alma, cuando no se anda en esta escuela cuesta tanto, así, al contrario, cuando en ella se anda y en ella se persevera, cuanto más se hace, más se desea hacer.
Cuando uno se convence de la necesidad que tenemos de dar muerte al amor propio, al juicio propio y a la voluntad propia, y se ponen en práctica las lecciones que da este Maestro Divino para poderlo pronto conseguir, no hay palabras para expresar la dicha que el alma siente. Porque esto de hacerse uno señor de sí, no se sabe qué cosa es hasta que se consigue.
A este señorío no hay cosa que le supere si no es la posesión de Dios en la bienaventuranza de la gloria. Es el paraíso en la tierra.
En esta práctica y con estas muertes quedan rotas todas las cadenas de la propia esclavitud; y con este señorío es uno tan dichoso, que no hay acá en la tierra dicha que a ésta se pueda igualar; y a esta dicha la sigue otra eterna, la posesión de Dios por amor en esta vida, dicha tan grande, que por todos los martirios que hubiera que pasar, pasaría el alma y el cuerpo; porque esta dicha todo nuestro ser la siente, la gusta, y saborea el raudal de tan inmensas dulzuras.
Y trae consigo el mismo goce la bienaventuranza de la gloria, porque se deja traslucir un no sé qué…, que no hay palabras para expresar lo que esto es.
Es como un grabado o sello impreso que pone el amor de los amores en lo más íntimo de nuestra alma.
¡Oh vida mía! ¡Mi todo en todas las cosas! ¡Fortaleza mía! ¡Cómo preparas al alma con tu misma fortaleza! ¡Oh! ¿Cómo es que vive y no muere el que esto recibe, pues todo tiene fuerza sobrada para acabar con la vida natural?
¡Oh cómo hieres y sanas! ¡Cómo es para morir esta vida natural! Y ¿cómo es que no muere, pues tanto lo desea?
¡Oh Santo y Divino Espíritu! ¿Quién me diera el poder de poder hacer que todos emprendieran la vida interior del alma, para que fueras conocido y todos te desearan y buscaran, para que todos contigo, con tu ayuda, con tu gracia y tus bondades, lográramos la posesión de Dios por amor en esta vida, para con esto asegurar la bienaventuranza de la gloria, donde la seguridad es completa de no poderle perder y por los siglos sin fin amarle cuanto uno puede amar?
¡Oh Santo y Divino Espíritu! ¡Date a conocer a las almas que buscan, quieren y con delirio desean la santificación de sus almas! ¡Mira cuán gustosas han de venir a tu escuela y han de practicar con entera voluntad tus lecciones!, y tendrán el consuelo de tener a quien dar tus riquezas y tus glorias, el tiempo y por los siglo sin fin, como Tú lo deseas, Santo y Divino Espíritu. Así sea.

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Letanía del Espíritu Santo

Señor. Tened piedad de nosotros.
Jesucristo. Tened piedad de nosotros
Señor. Tened piedad de nosotros.
De todo regalo y comodidad. Libradnos Espíritu Santo.
De querer buscar o desear algo que no seáis Vos. Libradnos Espíritu Santo.
De todo lo que te desagrade. Libradnos Espíritu Santo.
De todo pecado e imperfección y de todo mal. Libradnos Espíritu Santo.
Padre amantísimo. Perdónanos.
Divino Verbo. Ten misericordia de nosotros.
Santo y Divino Espíritu. No nos dejes hasta ponernos en la posesión de la Divina Esencia, Cielo de los cielos.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Enviadnos al divino Consolador.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Llenadnos de los dones de vuestro espíritu.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo, haced que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu Santo.
Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarán la faz de la tierra.
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Obsequio al Espíritu Santo para este día séptimo
Hacer firme propósito de no buscar cosa alguna que huela a consolación, sino hacerlo todo por sólo servirle y darle contento a Dios.
Es también un poco difícil el hacer las cosas y no buscar algún consuelillo en ellas; porque todo nuestro ser sabe que para gozar y sólo para gozar fuimos criados; pero, pobrecillos nuestros primeros padres, Adán y Eva, los engañó y sedujo Satanás.
Pero esto no lo sintamos, porque nos remedió el Señor nuestro Dios ante el mal con inmensas ventajas. Entrad en la vida interior y veréis qué comparación hay entre lo antes prometido y lo que ahora nos es dado. Mirad lo que quiere y desea que hagamos el Espíritu Santo.
El que hace esto, da a Dios un grandísimo contento y a nosotros nos atrae grandes ventajas.
Mirad; poned vuestros ojos y corazón en no cometer faltas deliberadas o a sabiendas, como yo digo; y no dar a nadie, ni a persona, ni a cosa, algún afecto del corazón, por pequeño que él sea.
Y después de hacer esto, os sentís en la oración con sequedad y vais a Misa con sequedad y comulgáis con sequedad y hacéis todo con sequedad, y los vencimientos que Dios os pide los hacéis costándoos mucho, pero si los hacéis, aunque sea llorando, por lo mucho que cuestan, no temáis.
Al menos yo bien de ello he llorado, porque me quería vencer y no podía vencerme; pero, al fin, lo hacía.
Siempre que os examinéis y no halléis faltas deliberadamente cometidas, no temáis; yo, si os viera y tratara, por esta sequedad os daba la enhorabuena; porque el hacer las cosas que pertenecen al servicio de Dios en sequedad, es señal inequívoca que a sólo Dios buscamos y que por puro amor a Él lo hacemos.
Esto bien nos lo enseñan que es así en esta escuela divina, donde el Maestro es el mismo Dios.
¿Y quién mejor que Él sabe lo que le agrada y desagrada, lo que es mejor y lo que no es tan bueno, y lo que de suyo a nosotros nos aprovecha o daña? ¿Quién mejor que Él para saberlo?
Cuando el consuelo nos mueve a hacer las cosas del servicio del Señor, creedme, no buscamos ni nos movemos a hacerlo por Dios: nos mueve a ello nuestro amor propio y lo hacemos buscándonos a nosotros.
Pues a echar a un lado los goces; que para gozar, una eternidad de sólo goces nos está preparada; a padecer y más padecer por amor de Aquel que dio la vida por nosotros. Así sea.

PALOMA

Oración final para todos los días
Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.
¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla! ¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia! ¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres. Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar. ¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!
Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos! ¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!
¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería. Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!
¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres! Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.
¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor! ¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!
¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido! Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman! ¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido! ¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.
Decenario al Espíritu Santo. Sexto día.

Decenario al Espíritu Santo. Sexto día.

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DIA SEXTO

Acto de contrición

¡Oh Santo y Divino Espíritu!, bondad suma y caridad ardiente; que desde toda  la eternidad deseabas anhelantemente el que existieran seres a quienes Tú  pudieras comunicar tus felicidades y hermosuras, tus riquezas y tus glorias.  Ya lograste con el poder infinito que como Dios tienes, el criar estos seres para  Ti tan deseados.
¿Y cómo te han correspondido estas tus criaturas, a quienes tu infinita bondad  tanto quiso engrandecer, ensalzar y enriquecer? ¡Oh único bien mío!
Cuando por un momento abro mis oídos a escuchar a los  mortales, al punto vuelvo a cerrarlos, para no oír los clamores que contra Ti  lanzan tus criaturas: es un desahogo infernal que Satanás tiene contra Ti, y no es  causa por lograr el que los hombres Te odien y blasfemen, y dejen de alabarte y bendecirte, para con ello impedir el que se logre el fin para que fuimos criados.
¡Oh bondad infinita!, que no nos necesitáis para nada porque en Ti lo tienes todo: Tú eres la fuente y el manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad  y grandeza, de toda riqueza y hermosura, de todo poder y gloria; y nosotros,  tus criaturas, no somos ni podemos ser más de lo que Tú has querido hacernos;  ni podemos tener más de lo que Tú quieras darnos.  Tú eres, por esencia, la suma grandeza, y nosotros, pobres criaturas, tenemos  por esencia la misma nada.  Si Tú, Dios nuestro, nos dejaras, al punto moriríamos, porque no podemos tener  vida sino en Ti.
¡Oh grandeza suma!, y que siendo quien eres ¡nos ames tanto como nos amas y  que seas correspondido con tanta ingratitud!  ¡Oh quien me diera que de pena, de sentimiento y de dolor se me partiera el corazón en mil pedazos! ¡O que de un encendido amor que Te tuviera, exhalara  mi corazón el último suspiro para que el amor que Te tuviera fuera la única  causa de mi muerte!
Dame, Señor, este amor, que deseo tener y no tengo. Os le pido por quien sois,  Dios infinito en bondades.  Dame también tu gracia y tu luz divina para con ella conocerte a Ti y  conocerme a mí y conociéndome Te sirva y Te ame hasta el último instante de  mi vida y continúe después amándote por los siglos sin fin. Amén.

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Oración para todos los días
Señor mío, único Dios verdadero, que tienes toda la alabanza, honra y gloria  que como Dios te mereces en tus Tres Divinas Personas; que ninguna de ellas  tuvo principio ni existió una después que la otra, porque las Tres son la sola  Esencia Divina: que las tiene propiamente en sí tu naturaleza y son las que a tu  grandeza y señoría Te dan la honra, la gloria, el honor, la alabanza, que como
Dios Te mereces, porque fuera de Ti no hay honra ni gloria digna de Ti. ¡Grandeza suma! Dime, ¿por qué permites que no sean conocidas igualmente de tus fieles las Tres Divinas Personas que en Ti existen? Es conocida la persona del Padre; es conocida la Persona del Hijo; sólo es desconocida la tercera Persona, que es el Espíritu Santo.
¡Oh Divina Esencia! Nos diste quien nos criara y redimiera y lo hiciste sin tasa y sin medida. Danos con esta abundancia quien nos santifique y a Ti nos lleve. Danos tu Divino Espíritu que concluya la obra que empezó el Padre y continuó el Hijo. Pues el destinado por Ti para concluirla y rematarla es tu Santo y Divino Espíritu.
Envíale nuevamente al mundo, que el mundo no le conoce, y sin El bien sabéis Vos, mi Dios y mi todo, que no podemos lograr tu posesión; poseer por amar en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad. Así sea.
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Consideración

Camino por donde se adquiere la verdadera santidad: no es otro, ni le hay, que con más seguridad nos lleve y con que más pronto la santidad se consiga, que con el propio vencimiento y la propia mortificación; difícil cosa para nosotros, pero es muy fácil por la granade ayuda que tenemos en el Espíritu Santo.

¡Oh si todas las almas que aspiran a la santidad y que con delirio la desean, se convencieran de esta verdad; pronto, muy pronto, conseguirían lo que desean, porque es una pena, al menos a mí me la causa, ver tantas almas aspirar a la santidad y no hallan el medio de conseguir lo que desean!
Ellas meditan y oran mental y vocalmente, ellas ayunan y hacen grandes penitencias, ellas visitan a los enfermos y socorren a los menesterosos, se compadecen de todo el que sufre, comulgan con fervor, oyen la Santa Misa con devoción, se confiesan con verdadero dolor de sus faltas, no digo de pecados, porque todos los que esto hacen, por la infinita misericordia de Dios no los cometen; no digo que estén libres de cometerlos, pero por la infinita misericordia de Dios no los comenten.
Y ¿cómo es que llevando esta vida no logran la santificación de sus almas? Es porque les falta poner por obra lo principal que hay que practicar para conseguir la santidad.
La santidad se adquiere muriendo uno a sí mismo en todo, y esta muerte se adquiere con la mortificación de las pasiones, de los sentidos y de los apetitos, esto en lo que toca al cuerpo; y en lo que toca al alma, haciendo porque muera la propia voluntad, el juicio propio y la vanidad y todos los apetitos del alma.
Conseguido el vencimiento de todo esto, es cierto, ciertísimo, que llega esta alma a lograr la santificación. Difícil cosa de conseguir, ¿a qué negarlo?
Si la miramos por la parte que toca a nosotros, ¡oh qué difícil es adquirir la santidad!; mas si miramos a la parte que Dios tiene en la santificación de nuestras almas, ¡qué fácil cosa es alcanzarla!
Mirad qué difícil cosa hubiera sido a cada uno de nosotros salir de nuestra niñez natural sólo por nosotros mismos; pues esto mismo, tan difícil de lograr en lo que toca a nosotros, nos ha sido cosa fácil de salir de ella a la sombra y amparo de una madre que Dios nos dio, que nos cuidó y nunca nos dejó de amparar, hasta que con sus cuidados y desvelos hemos logrado llegar a nuestro completo desarrollo.
Pues esto que hemos logrado en la vida natural con los desvelos de una madre, en la vida espiritual lo logramos con el esmero con que nos enseña, instruye, aconseja y gobierna y nos defiende de todos los asaltos de nuestros enemigos el Espíritu Santo.
Sin Él ni tenemos nada ni podemos nada; con Él lo tenemos todo y lo podemos todo.
Él nos da todo el armamento que necesitamos y nos enseña la más hermosa y bella instrucción, donde se aprende el manejo de las armas para, con el manejo de ellas, salgamos siempre vencedores, nunca vencidos, en los grandes combates que hemos de tener con nosotros mismos, los mayores; después, con los amigos y parientes, y toda esta presente vida con Satanás, nuestro común enemigo, porque tan pronto como os resolváis a emprender el camino que conduce a la verdadera santidad, es Satanás el que se presenta a la pelea, no fía en sus satélites.
Antes de emprender este camino sí fía en ellos, y bien desempeñan el oficio de diablos; pero a los que van camino de la santidad no fía en ninguno, de todos desconfía; él por sí mismo pelea, aunque de nada le vale.
Porque este Santo y Divino Espíritu nos hace entrar en un tan fuerte castillo y allí, retirados del mundo, desconocidos de los amigos y parientes, y hasta de nosotros mismos, luchamos y vencemos y no nos damos apenas cuenta de lo que allí hacemos, porque aquí el manejo de armas se hace con tal silencio, en tal reposo y quietud, que ni el mismo que lucha y vence se da cuenta que está luchando y venciendo; y hay luchas y derrotas brazo a brazo con Satanás, pero eso es más tarde.
Ahora, a los principios, a amaestrarnos dentro de este hermoso castillo, donde Satanás no sabe ni puede saber nada de nosotros, porque tan pronto como él entiende que una alma emprende el camino que conduce a la santidad, ya no la deja; la estudia detenidamente todas sus aspiraciones, sus inclinaciones, sus deseos, sus costumbres, sus amistades, hasta sus devociones, todo, todo, con el fin único de seducirnos, engañarnos, sin tener en ello otro fin que llevarnos a la hipocresía y fingimiento.
Porque a las almas que van camino de la santidad no las excitan las pasiones; a los principios, sí; los apetitos son los que excita desde que uno empieza la vida interior hasta que venga la muerte; siempre tiene esperanzas de vencernos por aquí y engañarnos y seducirnos con lo más santo, con lo mejor que hay.
Con la gracia, con las virtudes, con la misma santidad que deseamos; por aquí nos entra.
¡Oh, si no fuera por el Espíritu Santo pronto nos derrotaba y vencía!
Pero este Santo y Divino Espíritu con sus enseñanzas, consejos e instrucciones, nos pone tan al corriente de todas sus solaperías y astucias, que cuando él viene a la lucha ya sabemos lo que busca, lo que pretende y todo cuanto él piensa hacer de nosotros.
¡Oh lo que es el Espíritu Santo para nosotros en lo que se refiere a lograr la santificación de nuestra alma!
¡Oh qué bien sabía Jesucristo la necesidad que todos y para todo habíamos de tener del Espíritu Santo!
Por eso, cuando le seguían sus apóstoles y discípulos y les hablaba por medio de parábolas y ejemplos, con aquel trato familiar que con ellos tenía y no podía hacerles entender las cosas, ni había medio de hacerles salir de su ignorancia y rudeza, decía: ¡Oh qué deseo tengo de ser bautizado con un bautismo de sangre!
Porque ardía su corazón en deseos de alcanzarnos cuanto antes el Espíritu Santo.
Tenía como en reserva, guardado en su corazón, el pedir al Eterno Padre este don, sobre todo don, y esperaba a que estuviera pendiente en la Cruz para pedirle.
Porque la sabiduría del Divino Verbo era la que impulsaba a aquel corazón amante a desear para nosotros y la que gobernaba y dirigía a esta Humanidad Santísima; porque estas dos naturalezas, unidas como estaban, cuando hablaba Jesucristo, hablaba el Divino Verbo, sabía lo que pedía y cuándo y cómo lo había de pedir para alcanzarlo.
Bien sabía el Divino Verbo, sabiduría infinita, que sin el Espíritu Santo de poco nos valiera que el Padre nos criara y que Él, habiéndose hecho hombre, nos redimiera; sin el Espíritu Santo no podíamos llegar a conseguir el fin para el que habíamos sido creados y redimidos, porque sin el Espíritu Santo no podemos conocer a Jesucristo, y menos amarlo.
Y así como no podemos ir a gozar de aquella Divina Esencia, si no es por Jesucristo, tampoco podemos ir a Jesucristo, si no es por el Espíritu Santo.
¡Oh qué deseo ardía en aquel Corazón Divino de Jesucristo de darnos el Espíritu Santo!
Para convencer a los apóstoles y discípulos de la necesidad de dejarles, no halló otra razón más poderosa que decirles: “Conviene que me vaya; porque mientras yo no suba a mi Padre no os ha de enviar al Espíritu Santo”.
¡Oh corazón Divino! ¡Cuánto sufriste los tres años de tu vida pública, viendo que desconocían los hombres de la tierra la verdad y no había medio de hacerles entender las cosas según verdad ni medio de hacerte entender ellos!
¡Oh lo que es el Espíritu Santo! ¡Oh y qué no hiciste para alcanzárnosle! ¿Y por cuánto hubiste de pasar hasta que lo conseguiste? ¡Oh Santo y Divino Espíritu! Con sobrada razón enamoras con tus enseñanzas e instrucciones a todos los discípulos de tu escuela para que todos amen con delirio a este Corazón Divino que nos amó treinta y tres años con amor sacrificado. Señal la más cierta del amor puro con que siempre nos amó.
Tus exhortaciones siempre son a que amemos aquel Corazón herido por amor nuestro, que no busca ni quiere sino nuestro amor; y que, sediento, nada le refrigera sino el amor; nada pide, sino amor; no vive, si no ama, y muere por ser amado.
¡Oh Santo y Divino Espíritu! Aumenta el número de almas interiores que vengan a tu escuela y en ella aprendan a amar a este Corazón Divino que tanto nos ama.
Y mirad que este Corazón que así nos ama es el corazón de un Dios que para nada nos necesita; somos nosotros los que Le necesitamos.
¡Oh almas interiores! Todas unidas hagámosle ramilletes de mirra escogida y presentémosles a este Corazón angustiado por la falta de amor que Le tienen los hombres, y digámosle que con amor sacrificado siempre Le hemos de amar, y que sólo anhelamos y pedimos el que nos sea su amor la única causa de nuestra muerte. Así sea.

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Letanía del Espíritu Santo

Señor. Tened piedad de nosotros.
Jesucristo. Tened piedad de nosotros
Señor. Tened piedad de nosotros.
De todo regalo y comodidad. Libradnos Espíritu Santo.
De querer buscar o desear algo que no seáis Vos. Libradnos Espíritu Santo.
De todo lo que te desagrade. Libradnos Espíritu Santo.
De todo pecado e imperfección y de todo mal. Libradnos Espíritu Santo.
Padre amantísimo. Perdónanos.
Divino Verbo. Ten misericordia de nosotros.
Santo y Divino Espíritu. No nos dejes hasta ponernos en la posesión de la Divina Esencia, Cielo de los cielos.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Enviadnos al divino Consolador.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Llenadnos de los dones de vuestro espíritu.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo, haced que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu Santo.
Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarán la faz de la tierra.

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Obsequio al Espíritu Santo para este día sexto

Poner por obra los medios de nuestra santificación.

El obsequio que hemos de hacer este día al Espíritu Santo es poner por obra y con resolución verdadera los medios de lograr nuestra Santificación.
¿Cuáles son? Ya lo sabemos: el propio vencimiento y la propia mortificación.
Difícil de practicar; pero si os resolvéis a entrar de lleno en la vida interior, allí, en la escuela, donde tenemos por Maestro al Espíritu Santo, con Él, ¡oh qué fácil es todo!
Porque apenas nos ve cobardes, Él arenga al alma de una manera tal que el oírle es encenderse el alma en deseos de emprender aún lo más difícil y con ánimo varonil entra en batalla consigo mismo y con aquel valor con que lucha, negando a sus apetitos lo que piden, sale vencedor en todo.
Y mirad el premio que le dan por haber luchado y vencido a todos sus apetitos y de todos ellos salir vencedor; dan a todos los que así luchan y vencen un premio regalado, no merecido; porque este premio, que es un don de Dios, jamás el alma podía ponerse en condiciones de merecerle.
Pero es tal el contento que Le damos cuando así luchamos y vencemos, que por premio nos dan la grande ayuda para luchar y vencer y con ella queda siempre Satanás vencido y derrotado, y este premio que nos dan y este don que nos regalan es un modo de orar sin interrupción, que no impide tenerle, ni el sueño, ni el sueño, ni el recreo, ni el hablar con nuestros prójimos, ni el comer, ni el trabajar, sea cual fuere nuestra ocupación, con cosa alguna es interrumpida, y con ella se adquiere el trato familiar que Dios con el alma tiene.
Mirad si queda nuestro trabajo bien pagado con lo que nosotros jamás podemos merecer y tan gratuitamente nos lo dan.
En esta escuela del Espíritu Santo se llama a esta oración el latir del corazón divino, por ser la ocupación continua de este corazón amante.
Con ella glorificaba a Dios su Padre continuamente, empleando su oración en la salvación de todo el género humano.
Pues trabajemos con nosotros mismos hasta darnos completa derrota, para que nos sea regalado este don.
Y una vez que nos le den, sea también el latir de nuestro corazón la salvación de toda la raza humana, y entre nuestro Dueño y Señor en amistad con nosotros y jamás la perdamos; y habiendo empezado en esta vida, dure por los siglos sin fin. Así sea.

PALOMA

Oración final para todos los días
Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.
¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla! ¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia! ¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres. Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar. ¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!
Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos! ¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!
¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería. Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!
¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres! Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.
¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor! ¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!
¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido! Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman! ¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido! ¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.