“La Divina Misericordia en mi alma” – Diario de Santa Faustina Kowalska

“La Divina Misericordia en mi alma” – Diario de Santa Faustina Kowalska

¿Queremos aprender sobre la Divina Misericordia?  ¡Acá los dejo con la experta!

Santa Faustina es apóstol de la Misericordia de Dios. Una persona pequeña. Pero de las pequeñas personas gigantescas. Santa amiga si la hay, a quien les aconsejo que acudan siempre pidiendo su poderosa intercesión. Amiga de los santos perfumes celestiales, siempre dispuesta a que un alma se salve. La Divina Misericordia se le hizo carne por la privilegiada convivencia cotidiana con el Señor de la Misericordia en persona.

Les dejo para descargar su diario, para que lo saboreen de a poco. Nútranse de esta fuente inagotable del amor del Señor.


Para descargar click en la imagen:

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La hora santa en el huerto de Getsemaní.

La hora santa en el huerto de Getsemaní.

Hermanos míos, quiero dejarles hoy una devoción que practico hace años. La aprendí de las hermanas salesas de la Visitación, cuando me consagré como guardia de honor del Sagrado Corazón de Jesús. Una práctica muy preciada que todos pueden realizar en los conventos de la orden de las Visitantadinas.

Esta devoción no es obligatoria, y aunque está dirigida a los Guardias de Honor todos pueden practicarla. Pío XI facilitó el tiempo para la Hora Santa al fijarlo desde la puesta del sol hasta su salida, aunque la hora más indicada es la de once a doce en la noche del jueves a viernes. Cualquier lugar es válido aunque es preferible la Iglesia y ante el sagrario a ser posible, para acompañar aquella agonía de Nuestro Señor en Getsemaní.

Les dejo el archivo descargable al final de la página.


LA HORA SANTA

La devoción de la hora santa tuvo su origen en la oración que Jesús hizo en Getsemaní la víspera de su muerte en la noche del Jueves al Viernes Santo. Consiste en pasar una hora entera de oración de once a doce, en la noche del jueves al viernes de cada semana, como Nuestro Señor mismo lo pidió a su fiel sierva Santa Margarita María.

Por un rescripto de la Sagrada Congregación del Concilio (16-III-1954). La Hora Santa puede hacerse el viernes hasta media noche.

El ejercicio siguiente fue compuesto por la Venerada Hermana María del Sagrado Corazón, Bernaud, Fundadora de la Guardia de Honor.

PREPARACIÓN

¡Oh amantísimo Jesús inmolado por nosotros, amado Salvador nuestro! Permite que me arrodille a tu lado en el Huerto de los Olivos y que pase íntimamente unido a tu Corazón agonizante la Hora Santa que has pedido a tu fiel sierva Santa Margarita María.

Concédeme, ¡oh adorable Salvador! una íntima participación de tus incomprensibles dolores y de los sentimientos de compasión que llenaron el alma de tu Santísima Madre en aquella noche de mortales angustias. Te ofrezco para suplir mi insuficiencia los afectos de esta Santa Madre, los de Santa Margarita María y de las almas que más te han consolado en este misterio de dolor y de amor; y en fin, de tus fieles guardias de honor, que en esta misma hora se asocian a las tristezas de tu santísima alma en el Huerto de Getsemaní.

¡Oh Jesús! Oh dulcísimo y alfigidísimo Dueño, súfreme en tu presencia… escúchame… bendíceme… y anégame en el océano de amargura que va a invadir y sumergir tu dulcísimo corazón. Amén.

PRIMER CUARTO DE HORA

“Mi alma esta triste hasta la muerte”

Consideremos la gran víctima de amor, Jesús, el Cordero Inmaculado, presentando se a la faz de su Padre cargado con todas las iniquidades del mundo. “Tomó sobre sí nuestros pecados”, dice San Pablo. “Se hizo nuestro fiador”; debe pagar nuestras deudas hasta el último maravedí…

Todas la abominaciones, impurezas, traiciones… todos los atentados, iniquidades, sacrilegios… todos los crímenes, en fin, que han manchado y mancharán la humanidad entera… ¡Él, la santidad infinita, se ve cubierto de una lepra horrorosa!…

Bajo este manto de ignominia cae de rodillas para confesar, en el tribunal de justicia divina, todos los pecados de los hombres.

No solamente los confiesa uno a uno, sino que concibe de ellos una vergüenza inexplicable y una contrición infinita, implorando desde el fondo del abismo de humillación y del dolor en que esta sumergido el más humilde perdón…

Y el pecado, ese cenegal impuro, este mal abominable del cual se siente como impregnado en las profundidades de su ser, pone en tal angustia al nobilísimo Hijo de Dios, que cayendo con la faz en tierra exclama: “Mi alma está triste hasta la muerte”.

¡Mi alma está triste hasta la muerte!

¡Ah! A nuestra vez imitemos al Divino Penitente… ¡ay!, ¡cuantas iniquidades veremos en nuestra vida!… Hagamos aquí un serio examen sobre nosotros mismos, sobre nuestro triste pecado… ¡Recojámonos, hagamos nuestro su dolor y oremos!…

Acto de contrición: Yo pecador.

Dulcísimo Cordero que borras los pecados del mundo, presérvanos para siempre de este único y soberano mal… Por la mortal aflicción a que te redujeron nuestras iniquidades en Getsemaní, haznos concebir un gran dolor de todos lo pecados de nuestra vida y la enérgica resolución de no ofenderte más en adelante.

¡Perdón Señor!, para nosotros; perdón para todos los pobres pecadores, nuestros hermanos.

Se puede cantar algún cántico penitencial.

SEGUNDO CUARTO DE HORA

“Padre, si es posible, pase de Mi este cáliz”

No solamente Jesucristo se ha revestido de nuestras ignominias y las ha confesado a la Majestad Divina, sino que debe expiarlas: en su Corazón durante las agonías del Huerto, en su carne sobre la Cruz.

Es primeramente sobre el Corazón santísimo de su amado Hijo, donde el Padre va a descargar los dardos de su indignación, ejercitar los rigores de su justicia.

Consideremos a Jesús, el dulce cordero, la mansedumbre infinita, atemorizado a la vista de su Padre irritado.

El espanto, el disgusto, la tristeza, se apoderan de su santísima alma. Comienza a tener miedo, pavere, al ver los tormentos que le esperan; a sentir un tedio mortal, taedere, causado por la ingratitud de los hombres y l inutilidad de su Pasión para tantos de ellos… a ser traspasado de una amarga tristeza, considerando los innumerables pecados de que se ve cubierto.

Y la santísima alma del Salvador, temblorosa, fuera de sí, pide gracia: “Padre, si es posible, que pase lejos de Mi este cáliz”. Su espíritu se turba, su cuerpo se estremece y destila un sudor mezclado de sangre, cuyas gotas rocían la tierra.

Escuchemos lo que Nuestro Señor mismo dijo a Santa Margarita María de la lucha formidable que sostuvo en Getsemaní:

“Comparecí, dijo, ante la santidad de Dios, que sin tener en consideración mi inocencia me hirió con su ira, haciéndome beber el cáliz que contenía la hiel y la amargura de su justa indignación, como si hubiese olvidado el nombre de Padre para sacrificarme en su justa cólera”.

“No hay ninguna criatura, añadió Nuestro Señor, que pueda comprender la intensidad de los tormentos que Yo sufrí entonces, y este mismo dolor es el que el alma criminal experimenta cuando está delante del Tribunal de la Santidad divina, que descarga sobre ella, la hiere, la oprime y la abisma en su justa indignación”.

¡Oh!, pensemos que llegará un día en el cual nosotros también deberemos presentarnos ante la Santidad de Dios; preparémonos a sufrir todos los rigores, pues: “Si así es tratado el leño verde, ¿qué será del leño seco?”.

Y sobre todo seamos indulgentes y misericordiosos con nuestros hermanos… no los juzguemos y no seremos juzgados, porque con la misma medida que midiéramos se nos medirá.

Señor, pequé, ten misericordia de mí.

TERCER CUARTO DE HORA

“Qué, ¿no han podido velar una hora conmigo?”

La Victima Santa, toda inundada de su sangre, se levanta y va a buscar consoladores… ¡ay! El gran abandono de Getsemaní estaba solo para pisar el lagar… Sus tres más amados, sus íntimos, sus amigos Pedro, Santiago y Juan dormían a algunos pasos; ¿quién puede expresar el dolor que sintió Jesús con tal abandono… en tal hora… en aquel lugar? Pero su Corazón amantísimo debía conocer todos los dolores, cubrirnos con todas las indulgencias. “Cómo, ¿no han podido velar una hora conmigo?” ¡Que dulce reproche!… seguido de tan caritativa advertencia: “¡Velen y oren para que no entren en tentación!”…

¡Oh! Maestro agonizante y siempre pacientísimo y benigno, no permitas que tus escogidos, tus Guardias de Honor se duerman jamás cobardemente en el Puesto de Amor donde los has colocado tan misericordiosamente.

En tu Sagrario, como en el Huerto de los Olivos, sufres aun todos los horrores de una lenta agonía. Las traiciones te persiguen allí, la ingratitud de los hombres te hace gemir, lloras nuestros crímenes, los confiesas noche y día a tu Padre Celestial…

¡Oh Jesús! Jesús dulcísimo, que nos has invitado a consolar tus divinos abandonos, haznos vigilantes generosos y plenamente consagrados a tu Sagrado Corazón.

Enseñanos a velar y orar, a fin de no caer en tentación y líbranos de todos los peligros de la hora presente. Por los dolorosos abandonos de tu Corazón en Getsemaní, ten piedad, Jesús mio, de los corazones afligidos.

CONSUÉLALOS, SOSTENLOS, SANTIFÍCALOS EN LA PRUEBA

Piedad también, Señor, para los agonizantes y para nosotros mismos cuando llegue la hora temible en que deberemos aparecer ante Vos y recibir la sentencia que nos hará dichosos o desgraciados por toda la eternidad.

ULTIMO CUARTO DE HORA

“He aquí que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantémonos, vamos!”.

Por tres veces había orado Jesús diciendo: “Padre, si es posible, pase de Mi este cáliz”, añadiendo al momento: “No se haga mi voluntad, Padre mío sino la tuya”.

Esa voluntad santa era que el adorable agonizante marchase a la muerte: “porque la muerte es el estipendio del pecado”. Levantémonos, dijo a sus Apóstoles, y vamos. ¿A dónde, amantísimo Maestro y Señor?

Al beso de Judas, al Pretorio, a la columna, al Calvario, al patíbulo infame.

Y adelantándose hacia la tropa enemiga que venía a prenderle: “¿A quién buscan?”, le dijo -A Jesús Nazareno-, “Yo soy”.

¡Oh gran combatiente de amor! ¡Oh luchador magnánimo que nos invitas a seguirte! ¡VÉNOS AQUÍ! Tus guardias de honor te harán buena escolta; ellos subirán con Vos a la montaña de los dolores que es el monte de los amantes.

Bajo tus ordenes, ¡Oh rey inmortal de los siglos!, quieren combatir el buen combate, vencer al príncipe de las tinieblas, triunfar del mundo, morir resueltamente a sí mismos, para vivir únicamente en Vos.

Vamos y muramos con Él.

Transportados en espíritu al Calvario adoremos al Divino Ajusticiado expirando en el árbol de la Cruz, es el Amor muriendo de Amor. ¡Ah! ¿No viviremos en adelante para amarle a Él solo? Sí, en retorno nos daremos, nos entregaremos enteramente a Jesús y por Él, con Él y en Él a todos los divinos quereres. Unamos nuestras pequeñas inmolaciones a su inmolación incesante sobre los altares. Volvamos, en fin, abnegación por abnegación, amor por amor, al Corazón Herido de Jesús y entremos en pos de la Santísima Virgen María, de San Juan y de la Santa Magdalena, en su Llaga adorable y suavísima para no salir de ella jamás:

Aquí esta mi descanso.

CONCLUSIÓN

Padre Santo que has amado tanto al mundo, que le has dado y sacrificado tu Hijo único, te bendecimos por esta incomprensible misericordia. No pudiendo hacerlo dignamente, es por el Corazón de nuestra dulce y santa Víctima por quien te manifestaremos nuestro agradecimiento; después de haberse hecho nuestra Redención se hará también nuestra acción de gracias.

Y vos ¡oh Salvador, oh cordero, oh nuestro amor inmolado! Sé alabado, bendecido, glorificado en todos los siglos por haberte sacrificado para salvar a tus pobres criaturas.

Por el Corazón de María inmolado al pie de la Cruz, con la voz elocuente de sus lágrimas de Madre y de víctima, te damos gracias y te prometemos, ¡oh Jesús! Huir el pecado, combatir nuestras perversas inclinaciones, vencer nuestras repugnancias al bien y nuestras inclinaciones al mundo y sus falsos placeres, repitiendo con tu fiel amante Santa Margarita María:

“El amor divino me ha vencido.
Él solo poseerá mi corazón”.

Amen.


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Las perlas del Cura Miguel (81)

Las perlas del Cura Miguel (81)

Hemos querido a partir de hoy publicar los enlaces a las “Perlas para mis amigos” del Pro. Miguel Ruiz Tintoré, pidiendo al Señor nos ilumine en la reflexión y meditación de las palabras de santos muy santos que el Cura Miguel nos ilustra de forma tan bella. 

En cada imagen encontrarán los enlace a las tres perlas, acompañados del “Discursito”. Aquí van..


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Queridos amigos:

En tanto no os veo para compartir unos orondos pinchos de morcilla reventona -que no sabéis lo que os perdéis-, sustituyo la tal morcilla por tres perlucas, pero ya sabéis: tengo que soltaros el discursito, que si no, no soy persona. Allá va, como el caballo de copas.

PRIMERA PERLA. Dios es Dios. De consiguiente, cualquier pecado -cualquiera, de la gravedad que sea- es como una gota en comparación con el océano de misericordia que ocupa el pecho de Dios. ¿Y la blasfemia contra el Espíritu Santo, de la que dice Jesús que no se perdonará (Mt 12,31)? También se perdonará, porque si tomamos en serio las palabras y el contexto, se refiere a lo que precisamente San Juan Pablo llama “falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación”.

¿Os viene bien un cuentecito? Un caballero cometió el pecado horrendo de matar a su hijo. Acudió temblando al confesor, que le dijo: “Obtendrás tu perdón el día que llenes este cáliz”, y le entregó uno. El penitente corrió desalado al pozo, pero comprobó asombrado que, por más agua que metía, el cáliz no se llenaba; corrió a una fuente, y descubrió que, por más agua que recogía, el cáliz seguía seco; recorrió con delirio ríos, lagos, mares… y terminó por sentarse y por echarse a llorar en soledad. Y narran las sabias consejas de mi lugar que las lágrimas del caballero, sin que este se diese cuenta, fueron cayendo dentro del cáliz. Cuando el pecador se dio cuenta, el cáliz estaba lleno, y él se supo perdonado por Dios. La moraleja, la sacáis vosotros.

SEGUNDA PERLA. La castidad que nos enseña la Iglesia no es un “no a todo”, sino un “cómo” para todo, de acuerdo con la naturaleza de las cosas y de los estados de las personas. Como escribió Jean Soulairol, toda la moral sexual de la Iglesia se resumiría en unas palabras: “Ninguna licencia contra el amor”. Y en el matrimonio no vale todo. Porque es el amor el que queda dañado (bombardeado) cuando la ley de la selva se implanta entre dos. Entonces los esposos se sienten cómplices, se saben cómplices, porque son justamente cómplices.

Y fijaos en que San Josemaría habla de “el bien divino de la sexualidad”. Igualmente, la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró que “el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave” (decl. Persona humana, del 29-XII-1975). Si es pecado, es pecado grave. Si no es pecado grave, pudo ser una tentación -ocurre sobre todo en el ámbito de los pensamientos que uno erróneamente cree que ha consentido- (y en esos casos, ¡que se confiese el diablo…!); existe también el peligro de engañarse a uno mismo cuando realmente hay pecado.

Pero lo que quería subrayar con garra de oso es que  la sexualidad es para nosotros un “bien divino” que “comporta valores tan elevados”. Tengo que suponer que no hay confesión religiosa ninguna que reverencie más los valores ínsitos en la sexualidad de lo que los reverencia la Iglesia católica.

TERCERA PERLA. Os recito un poema sobre la Anunciación, con dibujitos, música y todo, que me ha puesto Elisa, que no hay más que pedir. ¿Por qué Dios escogió a María? No sé si es muy fácil, muy misterioso o las dos cosas. La escogió porque la creó para escogerla. Más que eso. “En el principio era el Verbo” (Jn 1,1), y Dios, que sabía todo lo que iba a pasar con los hombres, tenía decretada la Encarnación del Verbo; pero juntamente con Este estaba decretada la función de la madre y compañera de Redención. Y un buen día Dios creó a María -María nace de Joaquín y Ana-. Y Dios la hizo hermosa para escogérsela, y luego se la escogió porque la vio hermosa… Y dice San Bernardo que, en la Anunciación, “la encontró la gracia llena de gracia”. Y -añado yo-, por la gracia de Dios y la correspondencia de María a la gracia, pudo ella ser hecha madre de Dios, que implicaba automáticamente ser madre de nosotros. De usted, por ejemplo.

Hoy hemos hablado de hermosuras: la del perdón de Dios, la de la sexualidad, la de Dios cuando se enamora de una niña. ¿De qué podemos hablar, si somos cristianos?

Gracias, pues, a Elisa. Y gracias a Joni.

Miguel Ruiz Tintoré, sacerdote,
monaguillo de la Virgen

Sobre la oración. Relacionarse con el Padre.

Sobre la oración. Relacionarse con el Padre.

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Cuántas páginas harían falta para hablar sobre oración. De hecho Santa Teresa de Jesús se tomó la vida para hablar de ella. Tantos santos y doctores de la Iglesia han dicho tantas cosas como posible sea deducir sobre este tema, en función de la experiencia personal con la oración.

Y es que es eso: “Tratar de amistad con aquel que sabemos, nos ama”. Y si hablamos de amistad, bueno, cada persona es un mundo, con historias personales buenas o malas, con dones propios y tratos más cercanos o distantes, con culturas diferentes. Y cada cual tiene su manera única y particular de comunicarse y de establecer vínculos con un otro. Por ello cada relación de amistad es única y diferente de las demás. Y si llevamos esto a la amistad con Dios, que es inmutable, pero nosotros tan variables, la oración, es decir ese trato personal con Dios siempre será único y particular con cada ser creado.

Dios, al darnos la libertad (para alabarlo, para eso fuimos creados), en su infinita sabiduría ha querido que cada persona sea diferente de la otra, y en esa diferenciación, en esa particularidad que cada uno posee, se termine formando un abanico de alabanzas de múltiples formas y sonidos, gestos, colores y devociones. No somos clones, no somos máquinas, somos sus hijos, y cada hijo tiene una forma distinta de relacionarse con su Padre. Una forma distinta de besarlo, de abrazarlo, una confianza más cercana o más discreta y prudente, tiempos diferentes, apasionamientos diferentes.

Y Dios, que conoce a cada hijo suyo como buen Padre que es, sabe de estas diferencias, de estos tratos particulares, aunque siempre este buscando que este lazo se estreche, sea más sólido y estable. Y sabe por qué camino conducirnos a nosotros, sus hijos, para llegar al lazo perfecto con Él.

“Amar a Dios por sobe todas las cosas”

El primer mandamiento no está en primer lugar porque sí. Es la esencia de la vida misma. Para eso fuimos creados. Y esa es la llave de la plenitud y la felicidad. En ese especialísimo trato de amor con el Padre se nutren y encuentran vida todas nuestras otras relaciones con el resto de los vivientes y con el resto de la creación.

Como nos cuesta entender esto. Creemos que por amar a Dios por encima de todo, amaremos menos a nuestros hijos, padres, hermanos o lo que fuere. Es todo lo contrario. En la virtud de privilegiar este amor al Padre de los cielos se incrementan, purifican, solidifican todas nuestras otras relaciones.

Podría recomendarles muchos libros en este momento. Pero si no nace en el corazón esta necesidad, este querer tener una relación personal con Dios, nuestro Padre, el resto serán palabras que se las lleve el viento. Los que escribieron esas palabras primero entendieron esto. Y luego del corazón surgieron estas palabras como consecuencia lógica del trato personal con el Padre.

¡Es tan bello nuestro Padre! No se priven de una relación con Él. Nadie diga no puedo. El amor no se siente de golpe, el amor se construye.

La adoración de los Reyes Magos. Epifanía del Señor.

La adoración de los Reyes Magos. Epifanía del Señor.

Dedicado a esos tres hombres misteriosos que han sido de una importancia fundamental en la doctrina de nuestra fe: la admisión de los paganos en el pueblo de Dios. Cristo viene a reinar como Rey de Reyes, y los reyes de la tierra, cualquiera sea su origen se rinden a sus pies y lo adoran.

Les dejamos este fragmento de la Adoración de los Reyes Magos de la Película Ben Hur.

 

“Rey de Reyes y Señor de Señores”

“Rey de Reyes y Señor de Señores”

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY 

cristo_rey1Cristo es rey por derecho propio y por derecho de conquista.

Por derecho propio: lo es como hombre y como Dios. Jesucristo en cuanto hombre, por su Unión Hipostática con el Verbo, recibió del Padre “la potestad, el honor y el reino” (cfr. Dan. 7,13-14) y, en cuanto Verbo de Dios, es el Creador y Conservador de todos cuanto existe. Por eso tiene pleno y absoluto poder en toda la creación (cfr. Jn. 1,1ss).

Por derecho de conquista, en virtud de haber rescatado al género humano de la esclavitud en la que se encontraba, al precio de su sangre, mediante su Pasión y Muerte en la Cruz (cfr. 1 Pe. 1,18-19).

El Padre lo puso todo en manos de su Hijo. Debemos obedecerle en todo.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

(Sl. 22, 5)

No se justo apelar al amor como pretexto para ser laxo en la obediencia a Dios. En nuestra relación con Dios, la obediencia y el amor son inseparables.

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.» -Juan 14,21

Los mártires nos dan ejemplo. Prefirieron morir antes de negar a Jesús. Muchos mártires del siglo XX en México, España, Cuba y otros lugares murieron gritando ¡Viva Cristo Rey!. También en nuestro siglo.

Ninguna persona, ni ley, ni entidad esta por encima de Dios. El Pontífice León XIII enseñaba en la “Inmortale Dei” la obligación de los Estados en rendir culto público a Dios, homenajeando su soberanía universal.

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones.

(Mt. 25, 31-32)

Diferente a los hombres, Dios ejerce siempre su autoridad para el bien. Quien confía en Dios, quien conoce su amor no dejará de obedecerle en todo, aunque algunos mandatos sobrepasen su entendimiento.

LA FIESTA DE CRISTO REY DEL UNIVERSO

El Papa Pio XI, el 11 de diciembre de 1925, instituyó esta solemnidad que cierra el tiempo ordinario. Su propósito es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Es una verdad que siempre la Iglesia ha profesado.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

(Col. 1, 18-20)

¡Viva Cristo Rey!

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FUENTE: http://www.corazones.org/diccionario/rey_cristo.htm

Meditaciones de los misterios del Santo Rosario, en citas del Papa Francisco. Tercera parte: Misterios Luminosos

Meditaciones de los misterios del Santo Rosario, en citas del Papa Francisco. Tercera parte: Misterios Luminosos


La Primera parte corresponde a los Misterios Gozosos, con los archivos para descargar los cuatro misterios completos en este enlace:

Misterios Gozosos


La Segunda parte corresponde a los misterios Dolorosos, y la encontrarán en este enlace:

Misterios Dolorosos


Misterios luminosos

PRIMER MISTERIO

“El bautismo del Señor en Rio Jordán” (Homilía, Fiesta del Bautismo del Señor, Capilla Sixtina, 11 de enero de 2015)

 En el Bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo. La palabra «cristiano» significa esto, significa consagrado como Jesús, en el mismo Espíritu en el que fue inmerso Jesús en toda su existencia terrena. Él es el «Cristo», el ungido, el consagrado, los bautizados somos «cristianos», es decir consagrados, ungidos. Y entonces, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, si queréis que vuestros niños lleguen a ser auténticos cristianos, ayudadles a crecer «inmersos» en el Espíritu Santo, es decir, en el calor del amor de Dios, en la luz de su Palabra. Por eso, no olvidéis invocar con frecuencia al Espíritu Santo, todos los días. «¿Usted reza, señora?» —«Sí» —«¿A quién reza?» —«Yo rezo a Dios» —Pero «Dios», así, no existe: Dios es persona y en cuanto persona existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. «¿Tú a quién rezas?» —«Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo». Normalmente rezamos a Jesús. Cuando rezamos el «Padrenuestro», rezamos al Padre. Pero al Espíritu Santo no lo invocamos tanto. Es muy importante rezar al Espíritu Santo, porque nos enseña a llevar adelante la familia, los niños, para que estos niños crezcan en el clima de la Trinidad santa. Es precisamente el Espíritu quien los lleva adelante. Por ello no olvidéis invocar a menudo al Espíritu Santo, todos los días. Podéis hacerlo, por ejemplo, con esta sencilla oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Podéis hacer esta oración por vuestros niños, además de hacerlo, naturalmente, por vosotros mismos.

Cuando decís esta oración, sentís la presencia maternal de la Virgen María. Ella nos enseña a invocar al Espíritu Santo, y a vivir según el Espíritu, como Jesús.


SEGUNDO MISTERIO

“La auto revelación de Jesús en las bodas de Caná” (Homilía, Parque Samanes en Guayaquil, 06/07/2015)

 María está atenta, atenta en esas bodas ya comenzadas, es solícita a las necesidades de los novios. No se ensimisma, no se enfrasca en su mundo, su amor la hace «ser hacia» los otros, tampoco busca a las amigas para comentar lo que está pasando y criticar, la mala preparación de las bodas y como está atenta con su discreción se da cuenta de que falta el vino. El vino es signo de alegría, de amor, de abundancia. Cuántos de nuestros adolescentes y jóvenes perciben que en sus casas hace rato que ya no hay de ese vino. Cuánta mujer sola y entristecida se pregunta cuándo el amor se fue, cuándo el amor se escurrió de su vida.

Cuántos ancianos se sienten dejados fuera de la fiesta de sus familias, arrinconados y ya sin beber del amor cotidiano de sus hijos, de sus nietos, de sus bisnietos. También la carencia de ese vino puede ser el efecto de la falta de trabajo, de las enfermedades, de situaciones problemáticas que nuestras familias en todo el mundo atraviesan. María no es una madre «reclamadora», tampoco es una suegra que vigila para solazarse de nuestras impericias, de nuestros errores o desatenciones. ¡María simplemente es madre!: Ahí está, atenta y solícita.

Es lindo escuchar esto, María es Madre, ¿se animan a decirlo todos juntos conmigo? ¡Vamos!: María es Madre. Otra vez: María es Madre, otra vez: María es Madre. Pero María, en ese momento que se percata que falta el vino acude con confianza a Jesús, esto significa que María reza. Va a Jesús, reza. No va al mayordomo; directamente le presenta la dificultad de los esposos a su Hijo. La respuesta que recibe parece desalentadora: «¿Qué podemos hacer tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Pero, entre tanto, ya ha dejado el problema en las manos de Dios. Su apuro por las necesidades de los demás apresura la «hora» de Jesús. Y María es parte de esa hora, desde el pesebre a la cruz.

(…) Y finalmente, María actúa. Las palabras «Hagan lo que Él les diga» (v. 5), dirigidas a los que servían, son una invitación también a nosotros, a ponernos a disposición de Jesús, que vino a servir y no a ser servido. El servicio es el criterio del verdadero amor. El que ama sirve, se pone al servicio de los demás. Y esto se aprende especialmente en la familia, donde nos hacemos, por amor, servidores unos de otros.

(…) La familia hoy necesita de este milagro. Y toda esta historia comenzó porque «no tenían vino», y todo se pudo hacer porque una mujer –la Virgen– estuvo atenta, supo poner en manos de Dios sus preocupaciones, y actuó con sensatez y coraje. Pero hay un detalle, no es menor el dato final: gustaron el mejor de los vinos. Y esa es la buena noticia: el mejor de los vinos está por ser tomado, lo más lindo, lo más profundo y lo más bello para la familia está por venir.

Está por venir el tiempo donde gustamos el amor cotidiano, donde nuestros hijos redescubren el espacio que compartimos, y los mayores están presentes en el gozo de cada día. El mejor de los vinos está en la esperanza, está por venir para cada persona que se arriesga al amor. Y en la familia hay que arriesgarse al amorhay que arriesgarse a amar. Y el mejor de los vinos está por venir aunque todas las variables y estadísticas digan lo contrario; el mejor vino está por venir en aquellos que hoy ven derrumbarse todo.

Murmúrenlo hasta creérselo: el mejor vino está por venir. Murmúrenselo cada uno en su corazón: El mejor vino está por venir. Y susúrrenselo a los desesperados o a los desamorados. Tené Paciencia, tené esperanza, Hacé como María, rezá actuá, abrí tu corazón, porque el mejor vino va a venir. 


TERCER MISTERIO

“El anuncio del Reino invitando a la conversión” (Ángelus, 7 de julio de 2013)

Jesús no es un misionero aislado, no quiere realizar solo su misión, sino que implica a sus discípulos. Y hoy vemos que, además de los Doce apóstoles, llama a otros setenta y dos, y les manda a las aldeas, de dos en dos, a anunciar que el Reino de Dios está cerca. ¡Esto es muy hermoso! Jesús no quiere obrar solo, vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por ello forma inmediatamente una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. Inmediatamente los entrena para la misión, para ir.

Pero atención: el fin no es socializar, pasar el tiempo juntos, no, la finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! También hoy es urgente. No hay tiempo que perder en habladurías, no es necesario esperar el consenso de todos, hay que ir y anunciar. La paz de Cristo se lleva a todos, y si no la acogen, se sigue igualmente adelante. A los enfermos se lleva la curación, porque Dios quiere curar al hombre de todo mal. ¡Cuántos misioneros hacen esto! Siembran vida, salud, consuelo en las periferias del mundo. ¡Qué bello es esto! No vivir para sí mismo, no vivir para sí misma, sino vivir para ir a hacer el bien. Hay tantos jóvenes hoy en la Plaza: pensad en esto, preguntaos: ¿Jesús me llama a ir, a salir de mí para hacer el bien? A vosotros, jóvenes, a vosotros muchachos y muchachas os pregunto: vosotros, ¿sois valientes para esto, tenéis la valentía de escuchar la voz de Jesús? ¡Es hermoso ser misioneros! Ah, ¡lo hacéis bien! ¡Me gusta esto!

Estos setenta y dos discípulos, que Jesús envía delante de Él, ¿quiénes son? ¿A quién representan? Si los Doce son los Apóstoles, y por lo tanto representan también a los obispos, sus sucesores, estos setenta y dos pueden representar a los demás ministros ordenados, presbíteros y diáconos; pero en sentido más amplio podemos pensar en los demás ministerios en la Iglesia, en los catequistas, los fieles laicos que se comprometen en las misiones parroquiales, en quien trabaja con los enfermos, con las diversas formas de necesidad y de marginación; pero siempre como misioneros del Evangelio, con la urgencia del Reino que está cerca. Todos deben ser misioneros, todos pueden escuchar la llamada de Jesús y seguir adelante y anunciar el Reino.


CUARTO MISTERIO

“La transfiguración del Señor” (Ángelus, 16/03/2014)

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado (Mt 17, 1). La montaña representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la presencia del Señor. Allá arriba en la montaña, Jesús se presenta a los tres discípulos transfigurado, luminoso; y luego aparecen Moisés y Elías, conversando con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que Pedro queda deslumbrado hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese momento. Pero enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo muy querido, diciendo: Escúchenlo (v. 5).

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, tenemos que seguirlo, tal como hacían las multitudes en el Evangelio, que lo reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas a lo largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces algo incómodas.

De este episodio de la Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio de silencio – de subir a la montaña – para reencontrarnos con nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. ¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a bajar de la montaña y a volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de la gracia recibida. Pero, si no hemos estado con Dios, si nuestro corazón no ha sido consolado ¿cómo podremos consolar a otros?

Esta misión concierne a toda la Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y sacerdotes – llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y pequeños, a los últimos. Pero para cumplir con alegría y disponibilidad esta obra pastoral, los Obispos y los sacerdotes necesitan las oraciones de toda la comunidad cristiana. Dirijámonos ahora a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y a bajar con la caridad fraterna.


QUINTO MISTERIO

“La institución de la Eucaristía” (Homilía Corpus Christi, 04/06/2015)

En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Con este “viático” lleno de gracia, los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para ellos el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la cruz. Y este Pan de vida ¡ha llegado hasta nosotros!

Ante esta realidad el estupor de la Iglesia no cesa jamás. Una maravilla que alimenta siempre la contemplación, la adoración, la memoria. Nos lo demuestra un texto muy bello de la Liturgia de hoy, el Responsorio de la segunda lectura del Oficio de las Lecturas, que dice así: “Reconozcan en este pan, a aquél que fue crucificado; en el cáliz, la sangre brotada de su costado. Tomen y coman el cuerpo de Cristo, beban su sangre: porque ahora son miembros de Cristo. Para no disgregarse, coman este vínculo de comunión; para no despreciarse, beban el precio de su rescate”.

Nos preguntamos: ¿qué significa, hoy, disgregarse y disolverse? Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza.

La Eucaristía nos permite el no disgregarnos, porque es vínculo de comunión, y cumplimiento de la Alianza, señal viva del amor de Cristo que se ha humillado y anonadado para que permanezcamos unidos. Participando a la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio a nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión, también con el más pobre, apoyo para el débil, atención fraterna con los que fatigan en el llevar el peso de la vida cotidiana. Están en peligro de perder la fe.

Y ¿qué significa hoy para nosotros “disolverse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos.

Jesús ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que fuéramos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Nos liberará de la corrupción. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión.

De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios. Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores, es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar”.


Continuará…